Cuando boicotean uno de mis relatos, me ofendo por partida doble: por mí mismo y por la historia que he contado. Para mí, un boicoteo literario significa que estamos dejando de aprovechar la experiencia única que ofrece una obra, tratándola como un producto más del supermercado de la vida.
La mentalidad del boicoteador equipara al artista con un proveedor de servicios; si no nos gusta, simplemente optamos por otro. Sin embargo, esta visión ignora la complejidad y profundidad que puede tener el arte, independientemente de la moralidad del autor.
Si hubiera vivido bajo esta mentalidad purista, nunca habría leído a autores como T. S. Eliot, Louis-Ferdinand Céline o Ezra Pound, pese a sus posturas antisemitas, porque sus obras me enseñaron más sobre mí mismo y el mundo que otros textos moralmente aceptables pero menos conmovedores.
Hace unos años, mi hijo y yo intentamos un reto: no leer durante un año obras de hombres blancos, heterosexuales y cisgénero. Mientras yo fracasé pronto, él lo logró, pero no leyó ningún libro en todo el año. Esta experiencia refleja cómo el arte ha pasado de ser una nube inalcanzable a algo fácilmente descartable.
Hoy, si le propusiera a mi hijo dejar de usar redes sociales propiedad de ciertos grupos durante un año, sería prácticamente imposible. Esto nos lleva a cuestionar si realmente podemos o queremos boicotear el arte y la cultura durante largos periodos.
¿El castigo del boicoteo es para el arte o sólo para nosotros mismos?
Etgar Keret, escritor y director de cine israelí, invita a reflexionar sobre la complejidad del arte y la experiencia cultural más allá de los juicios morales sobre sus creadores.