En una presentación en el Instituto Cervantes, los colaboradores del Diccionario Mario Vargas Llosa destacaron la relevancia de la palabra huachafo, definida por Vargas Llosa como una forma de cursilería o imitación fallida de la elegancia que se convierte en algo ridículo y pretencioso. Esta palabra, que también puede traducirse como hortera o naco, tiene profundas raíces en la cultura latinoamericana.
Mario Vargas Llosa, quien se declara huachafo sin reservas, identifica tres tipos de huachafería: la de las clases altas que intentan aparentar nobleza, la de las clases medias peruanas marcada por la estridencia y el sentimentalismo, y la huachafería humilde de los peruanos indígenas. Para él, la huachafería representa una estética basada en la emoción y la sensación más que en la razón.
La huachafería no se limita al Perú ni a un estrato social específico; es una expresión cultural extendida por América Latina. El vals criollo peruano, con sus florituras sentimentales, es la expresión musical emblemática de esta estética, comparable con los corridos mexicanos, el bolero y el tango, géneros que comparten el dramatismo y la emotividad como rasgos distintivos.
Sergio Ramírez señala que la huachafería es una forma de identidad latinoamericana que se manifiesta en la exageración, la ausencia de límites y la exposición pública de sentimientos y dramas personales, desde las canciones hasta las celebraciones populares. Esta alegría impúdica y desbordada es parte del alma del Caribe y otras regiones del continente.
“¿Quién que es no es huachafo?”
Así, la huachafería se convierte en una enseña cultural que, lejos de ser un simple insulto o una etiqueta peyorativa, revela la riqueza emocional y la complejidad de las expresiones populares latinoamericanas, un fenómeno que va más allá de las clases sociales y los países, y que se celebra como parte de la identidad colectiva.