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133 años: Pasaje Rivas,un tesoro vivo en el corazón de Bogotá

Noticia 133 años: Pasaje Rivas,un tesoro vivo en el corazón de BogotáIba a ser un pasaje elegante al estilo de París, pero terminó siendo el mercado artesanal m...

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Foto: La voz del país

Noticia 133 años: Pasaje Rivas,un tesoro vivo en el corazón de BogotáIba a ser un pasaje elegante al estilo de París, pero terminó siendo el mercado artesanal más grande del país que hoy sorprende a los turistas.A sus 133 años, el Pasaje Rivas se mantiene vivo en pleno corazón histórico de Bogotá. Foto: Tania LópezLink Tania Alejandra Lopez Castiblanco12.06.2026 15:09 Actualizado: 12.06.2026 15:09 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles El afán se detiene de golpe al cruzar la entrada del Pasaje Rivas. Afuera, el centro de Bogotá ruge con la prisa de siempre: los buses de la carrera Décima frenan con fuerza, los vendedores ambulantes ofrecen su mercancía a gritos y los transeúntes caminan rápido. Pero adentro, a solo unos pasos del ruido, el aire cambia por completo. Huele a madera recién cortada, a paja seca, a arcilla húmeda y a ese aroma antiguo de las construcciones que han visto pasar los siglos. En este pasillo protegido por arcos altos, la vida adquiere el ritmo de antes, uno guiado por la memoria, el trabajo manual y las historias que se heredan de boca en boca.A pesar de sentirse como un mundo aparte, este rincón está en el corazón mismo del poder y la historia de la ciudad: queda a tan solo unas cuadras de la Alcaldía Mayor, del Congreso de la República y de la Catedral Primada. Allí, en medio de un laberinto de canastos colgantes, ruanas de colores y mecedoras de mimbre, pasa sus días Fernando Gutiérrez Mora. Su vida entera ha transcurrido entre estas paredes que acaban de cumplir 133 años de existencia."Los jóvenes vuelven a sus raíces": Fernando Gutiérrez, comerciante del Pasaje Rivas. Foto:Tania López El Pasaje Rivas abrió sus puertas en 1893 gracias a un hombre llamado Luis G. Rivas. La idea original era construir un lugar elegante, inspirado en los pasajes comerciales de París, con vitrinas finas para que la clase alta de la Bogotá de finales del siglo XIX fuera a hacer sus compras con comodidad. Dicen los relatos de la época que a la inauguración asistió el mismísimo poeta José Asunción Silva, caminando con su elegancia habitual entre los pasillos recién pintados.Sin embargo, los planes cambiaron muy rápido. La cercanía con la antigua plaza de mercado de la Concepción hizo que el pasaje tomara un rumbo mucho más popular y cercano a la tierra. En lugar de recibir lujos importados de Europa, el sitio se convirtió en el gran depósito al que llegaba todo lo que el campo y la ciudad necesitaban para el día a día: bultos de fique, sandalias de tela, esteras para dormir, sombreros para taparse del sol y grandes enjalmas para acomodar la carga en los lomos de los caballos y las mulas.—Esas cosas que se vendían en esa época son las que hoy mismo se consideran como artesanías y son las que nos dan la fuente de bienestar para todos, porque aquí se consiguen artesanías de origen— relata Fernando, mientras limpia el polvo de uno de los cuadros de su negocio.Para Fernando, este lugar fue su parque de diversiones y su escuela. Su padre, don Audelino Gutiérrez, fue el comerciante más antiguo del sector, pasando sesenta años enteros detrás del mostrador.—Prácticamente me crié aquí en el pasaje, estudié cerca, en La Candelaria— recuerda con nostalgia. Al crecer, asumió el legado familiar pero decidió darle un giro propio. —Yo cambié la parte de muebles y artesanías por la decoración y los cuadros, que es en lo que actualmente me desempeño.Un oasis de tradición y diseño rústico a pocos pasos de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Foto:Tania López Cuando Fernando habla del pasaje, se le nota el orgullo en los ojos. Para él, este espacio es único en Bogotá y se sostiene gracias a su arquitectura neocolonial republicana, su valor como patrimonio inmaterial y por ser el mayor centro de recepción artesanal de Colombia, un gran puerto mayorista a donde llega el trabajo directo de campesinos de todas las regiones.—Esto se convierte en una especie de bazar que es visitado por propios y extraños— afirma Fernando.Pero el recorrido por el pasaje no es solo visual; también se saborea. En medio de los locales de artesanías, el aroma del café colombiano recién filtrado invita a hacer una pausa. En sus pequeños restaurantes y puestos tradicionales, los visitantes no solo buscan un almuerzo casero con sabor a hogar, sino también los antojos típicos que calientan las tardes bogotanas. Es el lugar perfecto para sentarse a disfrutar de un café caliente acompañado de achiras crocantes, o para probar unas empanadas de coctel acompañadas con un toque moderno de ají de uchuva, una mezcla agridulce que sorprende a los comensales.Con el estómago lleno, el paseo continúa. Aquí confluyen las ruanas de lana de Nobsa, las hamacas de hilos coloridos, las mochilas tejidas por comunidades indígenas, los carrieles paisas y las ollas de barro negro de La Chamba. También es el lugar de la nostalgia para los adultos que entran buscando los juguetes de su infancia: yoyos de madera, cocas, baleros, futbolines de mesa y caballitos de palo.Una pausa para el almuerzo y los antojos tradicionales en medio de las artesanías. Foto:Tania López Ese ambiente tan propio hace que el pasaje sea un imán para los turistas que quieren conocer la Bogotá auténtica. Mientras observa detenidamente el tejido de unas canastas de mimbre, un viajero extranjero que recorre el centro histórico se detiene a compartir su impresión sobre el lugar.—Llegué aquí buscando en internet sitios pintorescos y tradicionales en el centro de Bogotá. Lo que más me impacta es que no es un museo frío donde las cosas están guardadas detrás de un vidrio, sino un mercado real, vivo, donde la gente viene a comprar lo que necesita para sus hogares. Poder ver estos materiales rústicos, disfrutar de la comida local y conversar con las personas que atienden los locales le da un valor verdadero a mi viaje— comenta Javier Dussan, turista extranjero.Fernando sonríe al escuchar el comentario del visitante y confirma que las pantallas y la tecnología, lejos de perjudirlos, se han convertido en sus mejores aliadas de promoción.Ollas de barro y juguetes de madera: el laberinto de colores del Pasaje Rivas. Foto:Tania López El comerciante ve el futuro con optimismo y descarta la idea de que estas costumbres estén en peligro de desaparecer. De hecho, nota una tendencia contraria: los clientes más jóvenes son los que más están volviendo al pasaje.—Muchos jóvenes vienen precisamente a buscar cosas de origen, cuestiones muy artesanales, por la tendencia de la decoración vintage, la decoración con tejidos o con cestas. Incluso la gente lleva cazuelas de barro en lugar de platos, es algo muy curioso— señala Fernando con una sonrisa. —La gente quiere volver a sus raíces y más que todo son las personas jóvenes. No vamos a perder identidad; al contrario, la vamos a ganar.El Pasaje Rivas vive sus mejores días en las épocas de vacaciones, sobre todo en julio y durante las fiestas de fin de año y enero, cuando la capital se llena de turistas nacionales e internacionales. En esos meses, el pasillo se colma de pasos, de olores tradicionales y de murmullos en diferentes idiomas. Todos entran buscando lo mismo: cruzar la entrada para dar, como concluye Fernando con seguridad, "un pasaje al pasado" y recordar de dónde venimos.Tania Alejandra López CastiblancoREDACCION BOGOTÁ Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. 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