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Daniel Briceño: terco, audaz… ¡y muy votado!

Noticia Daniel Briceño: terco, audaz… ¡y muy votado!Pasó de ser un abogado joven que hacía denuncias desde redes sociales a convertirse en el congresista más vo...

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Foto: La voz del país

Noticia Daniel Briceño: terco, audaz… ¡y muy votado!Pasó de ser un abogado joven que hacía denuncias desde redes sociales a convertirse en el congresista más votado del país con menos de 40 años.Daniel Briceño fue el congresista más votado Foto: Archivo personalLink José Manuel Acevedo27.03.2026 20:30 Actualizado: 27.03.2026 20:30 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles Una advertencia inicial: en esta serie rara vez aparecen políticos activos, pero hay excepciones inevitables. Daniel Briceño es una de ellas. No por el partido político en el que milita o por su manera de pensar, sino porque, en muy poco tiempo, pasó de ser un abogado joven que hacía denuncias desde redes sociales a convertirse en el congresista más votado del país con menos de 40 años. Y detrás de esa irrupción política hay una historia personal marcada por una ausencia, por una figura de abuelo decisiva, por una adolescencia desordenada, por una formación cristiana que lo marcó profundamente y por una convicción que hoy repite como bandera: a veces hay que saltar al vacío…Daniel, cuando hablas de tu infancia, sueles volver a un episodio que, de alguna manera, marca toda tu historia. ¿Cuál es?Yo nací el 2 de junio de 1991, pero me registraron hasta 1994. Eso pasó porque, como en muchísimas familias de este país, mi papá nunca apareció. Mi mamá guardó durante años la esperanza de que apareciera y por eso no me registraban. El apellido de él es Pacheco; yo debería ser Daniel Felipe Pacheco Briceño, pero soy Briceño Montes, porque tengo los dos apellidos de mi mamá. En 1994, mi abuelo fue el que dijo: “Ya no se puede esperar más”. Y ahí me registraron con los apellidos de mi mamá. Ese hecho marca mucho mi historia porque, desde ese momento, la figura paterna en mi vida fue él. Si le preguntáramos a tu mamá cuál fue el momento más difícil de criarte, ¿qué crees que respondería?a, ja. Yo creo que diría que fue la adolescencia, sobre todo entre sexto y octavo. Ahí tuve una crisis fuerte. Me echaron de tres colegios públicos. Ya en octavo me iban a sacar a mitad de año. Me escapaba del colegio, no iba a clases, me iba muy mal académicamente y no tenía un rumbo claro. Yo creo que ese fue el momento en que más problemas les causé a mi mamá y a mis abuelos. Hablemos, si me permites, de la ausencia de tu papá. ¿En qué momento se vuelve una pregunta para ti?La verdad, no fue una pregunta que naciera de mí con angustia o con dolor. No fue que un día me levantara diciendo “quiero saber dónde está mi papá”. Más bien vino por comentarios de la familia. Yo recuerdo que a veces él llamaba borracho a la casa y le decían que no apareciera más. Pero a mí nunca me hizo falta, y eso suena duro decirlo, pero es así. Lo que uno no conoce, no lo extraña. Yo nunca lo tuve y la figura de mi abuelo suplió completamente ese lugar. No lo conozco, no he tenido contacto con él y no me interesa. Puede aparecer, incluso creo que va a aparecer, pero no hay nada que hablar. Cualquier arrepentimiento a estas alturas sería sospechoso. Y además hay una cosa: uno no puede venir a reconstruir una historia cuando la historia ya la levantó otra gente. A mí me criaron mi mamá y mis abuelos. Ahí está mi historia real.¿Cuándo aparece la política en tu vida?Muy temprano. En mi casa siempre hubo cercanía con la política. Mi abuelo es pastor y a la iglesia iba Emel Rojas, con quien después trabajé. Yo crecí viéndolo en la casa, viéndolo hablar de elecciones, de candidaturas, de lo difícil que era llegar a cargos políticos, de cómo había que insistir una y otra vez. Mi abuelo, además, era muy apasionado por la política. Yo crecí viéndolo hablar de liberalismo, de conservatismo y luego del uribismo, como le pasó a mucha gente a comienzos de los 2000. Entonces, la política para mí nunca fue un mundo extraño. Siempre estuvo rondando la casa, las conversaciones, el comedor.Daniel Briceño es abogado de profesión Foto:Archivo personal Pero una cosa es verla de cerca y otra sentir que eso puede ser para uno. ¿Cuándo te pasa eso?En décimo y once. Yo estudiaba en la Alianza Educativa, un colegio en concesión donde había un énfasis fuerte en temas políticos. Ahí empecé a entender que no solo me interesaba mirar la política, sino pensarla, discutirla, imaginarme en ese mundo. Me empezó a gustar el debate, la idea de lo público, la discusión sobre el Estado, sobre cómo se toman decisiones. Y eso se fue volviendo una vocación. Cómo logras llegar a la universidad?No había plata para pagarla. Pero ahí aparece una historia completamente insólita, muy colombiana además. Mi abuelo tenía pensión. Un día se le perdió la cédula. Una habitante de calle la recogió, la guardó y esa persona apareció muerta con la cédula en el bolsillo. Entonces, en el Estado registraron a mi abuelo como muerto. Le suspendieron la pensión, no podía sacar créditos, no podía hacer nada. Duró siete años tratando de demostrar que estaba vivo. Siete años diciéndole al Estado: “Yo estoy aquí, no estoy muerto”. Y justo cuando iba a entrar a la universidad, llegó la indemnización de todo ese tiempo. Ahí, mi abuelo me preguntó qué quería estudiar. Yo realmente quería estudiar Ciencia Política en los Andes, pero una prima me convenció de estudiar Derecho en el Externado y terminé yéndome por ahí. Y me imagino que, como también pasa mucho en Colombia, antes de eso ya trabajabas…Sí. Yo he trabajado desde niño. Y hoy eso puede sonar polémico, pero es la verdad. Mi familia es comerciante de San Andresito y, desde pequeño, me sentaban a cuidar cajas cuando descargaban contenedores o apilaban mercancía. Yo me quedaba horas vigilando cajas y me pagaban algo. Siempre tuve esa idea de que había que trabajar, de que había que ganarse algo, de que la plata costaba. Después, ya de abogado, hice judicatura en un juzgado administrativo porque mi sueño era ser juez o magistrado. A mí me gustaba mucho más la Rama Judicial que la Legislativa. Yo me imaginaba más de toga que de campaña. Pero al mes dije: “Esto no es para mí”. Mi primer trabajo formal fue contestando derechos de petición en la Unidad Nacional de Protección. Tu formación cristiana aparece muy presente en tu historia. ¿Qué tanto te definió?Muchísimo. Todos mis amigos de infancia son amigos de la iglesia. Yo crecí dentro de una iglesia cristiana, así que mi mundo estaba ahí: grupos de infancia, grupos de jóvenes, reuniones, actividades, amistades, referentes. Los amigos del barrio fueron pocos porque mi abuela era muy estricta con eso. Vivíamos cerca de sectores con dinámicas complicadas y ella siempre cuidó mucho que no me metiera en ciertos ambientes.Pero has sido muy crítico con algo que muchos no cuestionan desde adentro: la política cristiana.Sí, porque yo creo que no se debería hacer como se ha hecho. Y lo digo incluso como crítica interna. Yo crecí viendo políticos que llegaban a las iglesias a pedir votos, a subirse a tarimas, a decirle a los pastores que ayudaran con determinada candidatura. Y yo siempre vi la incomodidad de la gente. Eso nunca me gustó. Creo que una persona con principios cristianos puede hacer política, por supuesto, pero otra cosa muy distinta es convertir los centros de culto en maquinarias electorales. También has construido una identidad política muy fuerte alrededor de las redes sociales. ¿Cómo entiendes esa relación?En mi caso, hay una diferencia importante: yo nací en las redes. Soy un nativo digital. No hice primero política tradicional para después llevarla a redes; empecé directamente ahí. Y eso da una ventaja porque uno entiende mejor el lenguaje, el ritmo, la lógica del consumo de información. Mucha gente cree que las redes son solo forma, pero hoy son fondo. Las redes son un mercado: la gente consume un producto y, si no le sirve, lo deja. Yo encontré un papel dentro de ese mercado: el del denunciante. Y eso me dio una identidad. Dicen que para triunfar hay que ser radical en estos tiempos y en esas redes…La radicalidad da viralidad, pero viralidad no son votos. Esa es una confusión enorme de muchísima gente en política. Hay personas muy virales que no logran que alguien se levante un domingo a votar por ellas. Yo soy firme en muchas cosas, pero trato de explicar con documentación, con argumentos, con denuncias serias.¿En qué momento sentiste que eso que hacías en redes podía convertirse en votos de verdad?Ese siempre fue el gran interrogante. Porque una cosa es que te vean, te compartan, te comenten, y otra muy distinta que alguien vote por ti. Ahí está el abismo. Y por eso los momentos más duros del proceso son justo antes de la elección. Como hago política de opinión, yo no tengo la política tradicional de saber cuántos votos tengo amarrados, quién me mueve gente, qué reunión me garantiza qué barrio. Entonces llega la última semana y te llenas de dudas: si faltó algo, si no hiciste lo suficiente, si ese sí era el camino. Hoy mucha gente te ve como alguien que llegó demasiado rápido. ¿Tú cómo lo vives?Yo siento que mi vida ha avanzado muy rápido. Muy rápido. Otros me dicen que incluso podría ir más rápido, pero yo sí siento que todo ha pasado a una velocidad enorme. Y eso obliga también a poner los pies en la tierra. Porque uno puede emocionarse con lo que viene, pero también tiene que entender que necesita aprender muchísimo. Por eso, yo he sido claro en que estos cuatro años quiero enfocarme en la Cámara.La verdad, verdad: ¿quieres ser presidente de Colombia algún día?Sí. Sin ninguna duda. Creo que cualquier soldado quiere ser general. Pero una cosa es quererlo y otra creer que ese es el paso inmediato. Yo no estoy en esa carrera hoy. Hoy mi prioridad es la Cámara. Quiero hacerlo bien. Quiero estar a la altura de la gente que confió en mí. ¿Qué les dices hoy a tu mamá y a tu abuelo?Gracias. No solo me aguantaron: me sostuvieron. Creyeron. Y además han tenido que soportar lo que implica esta vida pública: la sobreexposición, los ataques, las mentiras, la preocupación constante. ¿Y a los jóvenes que te miran y creen que entrar a la política o intentar algo grande es imposible?Que se lancen. La única manera de lograr cosas grandes es arriesgándose. Yo me lancé sin plata, sin votos y básicamente con un celular. El mensaje es ese: láncese. Puede perder, claro. Pero también puede ganar. 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