Cultura

Del 'Frankenstein' de $600.000 al carro a escala de $1,5 millones: las joyas ocultas del Mercado de las Pulgas en Bogotá

En el corazón de Bogotá, el Mercado de las Pulgas es un refugio de memoria y cultura callejera. Entre juguetes de los 60, monedas antiguas y gorras de colección, vendedores como Sonia, Juan Carlos y Jader transforman la necesidad en un negocio de piezas únicas.

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Foto: La voz del país

Un universo paralelo en la carrera Séptima

En pleno corazón de Bogotá, donde la ciudad respira a través del ruido de los buses, los vendedores ambulantes y el flujo incesante de peatones, la carrera Séptima guarda un universo paralelo que muchos ignoran. A simple vista parece desorden, objetos amontonados y voces que se cruzan sin orden. Pero basta detenerse unos minutos para entender que allí ocurre algo más profundo: el Mercado de las Pulgas es memoria viva, es cultura callejera, es supervivencia.

Sonia y la cadena invisible del trueque

“Esto es un rebusque”, dice sin rodeos Sonia Mendoza, una señora que tiene su puesto a las afueras de la personería de Bogotá, quien lleva 25 años trabajando en este lugar. Su voz es firme, acostumbrada a negociar, pero también a resistir. Sobre su mesa reposan billetes y monedas organizados con precisión. Algunos están protegidos en fundas plásticas; otros muestran el desgaste del tiempo.

Sonia explica que el valor de un billete puede cambiar radicalmente dependiendo de su estado: uno nuevo puede triplicar el precio de uno doblado o manchado. “Entre más nuevo esté, más vale. Si está deteriorado, pierde valor”, dice, mientras compara dos piezas aparentemente iguales pero con precios distintos. Su historia no es ajena a la de muchos en el lugar. Estudió administración pública, pero terminó encontrando en la venta de antigüedades una forma de subsistir. “Aquí no hay muchas oportunidades”, afirma.

Juan Carlos y el resurgimiento del coleccionismo

A pocos metros, Juan Carlos Pinzón Marín acomoda figuras de colección en el Mercado de las Pulgas de San Alejo, un parqueadero designado como espacio cultural. Lleva desde 2020 vendiendo, cuando la pandemia obligó a cerrar su librería y a reinventarse. Lo que comenzó como una forma de vender objetos personales terminó convirtiéndose en un negocio estable.

Sobre una mesa abarrotada de colores y recuerdos, decenas de figuras parecen congeladas en medio de distintas historias: superhéroes como Hulk y Flash comparten espacio con personajes de videojuegos, caricaturas y cine, desde pequeños Pikachu hasta versiones clásicas de Mario y Luigi. Un Frankenstein importado, cuidadosamente conservado, se ofrece en 600.000 pesos. “La gente empezó a interesarse más después de la pandemia”, cuenta.

Jader 'Camión' y las gorras que valen un millón

Más adelante, al pie de la señora Sonia, entre saludos constantes y negociaciones rápidas, está Jader, conocido como “Camión”. Lleva ocho años en el oficio y su especialidad son las gorras. A simple vista parecen comunes, pero algunas pueden alcanzar precios de hasta un millón de pesos. “Depende de los hilos, del estado, de lo difícil que sea conseguirlas”, explica.

Jader conoce bien el movimiento del mercado. Cuenta que una vez vendió cuatro gorras por ocho millones de pesos en una sola transacción. Pero también reconoce que no todos los días son así. Entre sus piezas destacan un carro de colección fabricado en Medellín en 1968, que puede alcanzar 1.500.000 pesos, una bayoneta avaluada en 400.000 pesos, un View-Master antiguo con sus películas en 40.000 pesos y un pinball de 1979 en perfectas condiciones.

La resistencia del mercado en medio de la informalidad

El Mercado de las Pulgas funciona como una red invisible. Sonia lo describe como una cadena: alguien vende un objeto para cubrir una necesidad inmediata -pagar un recibo, comprar comida- y otro lo compra para revenderlo. Así, los objetos circulan constantemente, cambiando de manos y de significado. Nada se pierde, todo se transforma.

Sin embargo, la vida en la Séptima no es fácil. Los vendedores enfrentan la informalidad, la presión de las autoridades y la incertidumbre diaria. Muchos han participado en programas de reubicación que no funcionan. Los locales formales son demasiado costosos y rompen con la dinámica del mercado. “Aquí vivimos del flujo de la gente”, dicen. Sonia lo explica con claridad: “El problema no es la gente, es la falta de organización”.

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