El sargento Daniel Franco, subcomandante de bomberos, estaba en un supermercado de Bogotá el miércoles 24 de junio, a eso de las cinco de la tarde (seis en Venezuela), cuando vio la noticia de que dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 habían sacudido su ciudad, La Guaira. Lejos estaba de imaginar que las fracturas que dejarían esos sismos serían también las de su alma, ya que su mamá y su tía estarían entre las víctimas fatales.
He estado entre los escombros, dice ya en Caracas, después de haber visto la tragedia de frente en La Guaira. Hoy la cifra de víctimas fatales asciende a por lo menos 2.595, mientras que la cantidad de heridos es de 12.400, y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que aún podría haber cerca de 50.000 personas desaparecidas.
Un viaje de 16 horas con el corazón en la mano
Al principio pensó que sería un terremoto más, de esos que dejan algunas grietas, pero pocas horas después se enteró de que el edificio donde vivían su mamá y su tía había colapsado. Con el corazón en la mano, tuvo que empacar algunas cosas y emprender un largo viaje.
La última vez que vi a mi mamá fue hace cuatro años. El abrazo y la foto que se tomaron aquella vez tienen hoy un significado distinto. Dejó Venezuela hace 16 años, ya siendo bombero (hoy con 43 años), cuando decidió empezar un nuevo capítulo de su vida en Colombia. A pocos años de su llegada, vistió el uniforme del cuerpo de Bomberos Voluntarios de La Mesa, Cundinamarca.
El dolor de encontrar señales de su madre entre los escombros
Al llegar ya sabía que habían sacado a su mamá y tía sin vida y que la intención ahora era encontrar sus cuerpos, o al menos recoger algún objeto que hubiera quedado. Esa semana había hablado con mi mamá por mensaje (...) vivían ellas dos: mi mamá y mi tía. Al llegar a La Guaira, lo que había visto en las noticias y las redes sociales se fue volviendo más tangible: escombros, edificios de gran altura destruidos, rostros de desesperación, una tristeza que se cargaba despacio, rescatistas, ayudas humanitarias, y una ciudad que conocía muy bien, que había recorrido de niño, jugando y riendo con su hermana y que ahora estaba convertida en un lugar irreconocible.
Llegó al punto exacto y, en medio de pedazos de cemento e ilusiones rotas, encontró señales de su madre: Incluso encontré cosas de mi mamá, y un peluche que era mío, que tiene mi misma edad. Es un Snoopy. Ahora lo tiene con él, como si su madre se lo hubiera dejado.
La búsqueda sin fin y el cansancio del alma
Habló con vecinos, e incluso con el joven que encontró el cuerpo de su mamá y lo había sacado, pero ya no lo halló. Aunque ha acudido a las autoridades, sigue sin hallar sus cuerpos: Lo único que han dicho es que los forenses van a hacer el proceso de identificación de los cuerpos.
Quisiera seguir buscando, pero mi cuerpo no da más. Se le nota en la voz: guarda silencios y las palabras son pocas. El lenguaje no alcanza; la mente, el cuerpo, pero sobre todo el corazón, están cansados, así que tampoco hace el esfuerzo de buscar las palabras que faltan.
Una ciudad que se levanta y vuelve a ser destruida
Lo que más lo ha golpeado es ver a su ciudad así, hecha pedazos, y ver el dolor de frente, el de quienes alguna vez fueron vecinos o con quienes simplemente comparte el lugar de nacimiento y un mismo amor por esa ciudad y ese país.
Aunque han llegado rescatistas de varios países, la ayuda no alcanza. En los momentos que pasó en el edificio donde vivía su madre, vio pasar a algunos de ellos, pero la magnitud de la tragedia superaba lo que podían cubrir.
Esta tragedia le recuerda otra: el Deslave de Vargas, uno de los mayores desastres que ha sufrido La Guaira, cuando lluvias torrenciales provocaron deslizamientos desde las montañas de la Cordillera de la Costa y dejaron al entonces estado Vargas (como se llamaba la región en ese momento) sepultado bajo toneladas de lodo. Hasta hoy no se sabe con exactitud cuántas personas murieron, pero la cifra de damnificados se calcula en miles.
Eso lo viví, ahí aún no era bombero. Duele mucho ver cómo La Guaira se levanta y vuelve a ser destruida.
Habla de la importancia de no dejar pasar la atención y de que la comunidad internacional mire a Venezuela: La ayuda tiene que seguir llegando, hay personas que están durmiendo en las calles.
La esperanza de un reencuentro
La vida, entonces, pesa más, y las fracturas de la ciudad han terminado por atravesar también el alma. Pienso en la forma tan violenta y abrupta en que murió. Quiero pensar que está tranquila. La esperanza ahora es una llamada de su hermana, que las listas avancen, y que por fin pueda encontrar el cuerpo de su mamá y su tía.