No estaban equivocados los fundadores de festivales como Rock al Parque, Jazz al Parque y otros que nacieron a finales del siglo XX en Colombia. La avalancha de festivales de todo tipo de músicas que se ha desatado en los últimos años confirma que la iniciativa de aquel entonces iba por buen camino. Los frutos de ese arrebato festivalero demuestran que la cultura, en sus distintas categorías, facilita la convivencia y produce múltiples beneficios.
Las cifras astronómicas de los conciertos masivos de hoy en día impactan el PIB con una contundencia que nadie se hubiera imaginado el siglo pasado. Se benefician aerolíneas, hoteles, agencias de viajes, restaurantes, el transporte local y otros actores externos, sin contar los negocios que operan en los predios de estos eventos.
Un ecosistema que va más allá del escenario
Este fenómeno surgido hace poco más de tres décadas, ha tenido una repercusión que va más allá de lo que se aprecia a simple vista. La educación musical ha crecido gracias a un número cada vez mayor de aspirantes al estrellato. Productores de audio, empresas de amplificación y tarimas, fabricantes y vendedores de instrumentos han encontrado una estabilidad económica con esta movida. Obviamente los intermediarios del consumo musical como plataformas, publicistas, escenarios, agregadores y videocliperos también aprovechan la bonanza del entretenimiento.
El ejemplo de las grandes capitales
En ciudades como Nueva York o Londres, la oferta de música local es una pieza esencial para que el engranaje del turismo funcione. El nivel y la variedad de los espectáculos es una garantía para que el viajero escoja esos destinos. La infraestructura de hotelería y eventos allí es suficientemente robusta para realizar congresos y grandes espectáculos que le garantizan oportunidades a las bandas y a los solistas. Bogotá ha mejorado en su oferta musical para el visitante, pero sigue concentrada en la música de rumba.
Para fomentar la calidad, la creatividad y la diversidad artística, hay que ampliar la oferta de estilos y de escenarios nocturnos que le permitan al público vivir otras experiencias.
En las últimas décadas del siglo pasado hubo músicos creativos y emprendedores que activaron la tímida escena musical de Bogotá, pero les faltaron escenarios y divulgación para lograr el apoyo del público. Ahora es evidente que salimos del letargo sonoro y que hay ganas de crecer, pero las oportunidades siguen priorizando la música de fiesta.