El 16 de agosto de 2010, en las selvas de San Vicente del Caguán, Caquetá, una tropa de alrededor de 26 hombres del Ejército buscaba hacerle frente a un bloque de las Farc en medio de un día nublado. A cargo de esos hombres estaba el teniente Carlos Andrés Ortiz, quien, antes de ingresar con sus tropas a un terreno desconocido, decidió verificar la zona. Esa decisión le significó pisar una mina antipersonal.
Ese mismo día, Carlos Miguel Ortiz tenía ocho años. Estaba en una clase de natación cuando, en medio de la confusión, recibió la noticia de que su padre, el hombre que admiraba por su trabajo como héroe, había resultado herido y perdido parte de su pierna izquierda. Dieciséis años después, ambos portan el mismo uniforme camuflado, las mismas botas negras y una sonrisa parecida. Sin embargo, ahora tienen rangos diferentes: Carlos Andrés Ortiz es capitán y Carlos Miguel Ortiz es subteniente.
Un legado de servicio y sacrificio
Su historia es quizás una de las pocas en las que un hijo, al ver las cicatrices de la guerra, decide incorporarse a las Fuerzas Militares y servirle a la nación, como lo hizo su padre. Sus ojos llenos de orgullo y sus palabras lo dicen todo: se admiran profundamente y comparten la misma pasión, ser parte del Ejército.
El capitán Carlos Andrés Ortiz tiene una sonrisa fácil, es el menor de 14 hermanos, creció entre los campos de Consacá, Nariño, y heredó de un tío el amor por “portar el uniforme”, y de su abuelo el deseo de defender al país. Creció lejos de los lujos y desde muy joven decidió incorporarse al Ejército y asumir responsabilidades. “Pues separarse de la familia sí fue difícil. De hecho crecimos en la humildad entonces a mí me pasaban cosas muy graciosas, ¿no? Por ejemplo, yo desconocía que existían las puertas con sensor, nunca había tenido acercamiento a algo así.”
Recorrió las selvas de San Vicente del Caguán, Larandia, en Caquetá, y sectores de Caucasia, Antioquia, sin imaginar que años después su hijo recorrería, como lo hace actualmente, La Uribe, Meta.
El hijo que eligió el mismo camino
En 2001 se convirtió en padre y, para él, “ese es el mejor regalo me pudo dar la vida”, aunque también una de las responsabilidades más grandes. Carlos Miguel Ortiz, su primogénito, nacido igualmente en Nariño, creció viendo a los militares llegar a su pueblo. Para él y los demás niños eran héroes, los que aparecían en televisión y dedicaban su vida a protegerlos. Por eso, para él, su padre era un héroe.