Emilio Tapia, el poderoso contratista cordobés que encarna para los colombianos el rostro más visible de la corrupción, ha sido condenado por dos de los escándalos más grandes de los últimos años. A pesar de ello, sigue siendo uno de los miembros más activos del 'jet set' de la Costa Caribe y Bogotá. Su historia es ahora un libro titulado 'Emilio Tapia. Anatomía de la corrupción en Colombia', de la periodista Paola Herrera, publicado por Penguin Random House.
Dos condenas que marcaron al país
El cuestionado empresario ha sido condenado por dos de los casos de corrupción más emblemáticos del país. El primero fue el carrusel de la contratación de Bogotá, considerado uno de los mayores desfalcos en la historia de la capital, por el que cumplió una condena de siete años de prisión. El segundo corresponde al caso de Centros Poblados, por su responsabilidad en el desvío de 70.000 millones de pesos destinados a un proyecto para llevar internet a escuelas rurales.
Una investigación que revela el sistema
La obra reconstruye las redes de corrupción que han operado en Colombia a partir de entrevistas exclusivas, expedientes judiciales y años de investigación de Herrera sobre los negocios de Tapia. “Este libro es el retrato de un hombre que nos obliga a los colombianos a ponernos frente a un espejo: no es que el sistema sea corrupto, es que la corrupción es el sistema”, se lee en la sinopsis de la publicación.
El primer encuentro en la cárcel
A continuación, se reproduce de manera textual “El encuentro”, el primer capítulo del libro:
Se hizo esperar durante casi una hora y treinta minutos. No en la calle, no en un pasillo y tampoco en la celda donde se supone estaba recluido. Nuestra conversación —por la que yo llevaba meses insistiendo— tuvo lugar en la oficina de la subdirección de la cárcel El Bosque de Barranquilla. Un espacio dispuesto exclusivamente para Emilio Tapia y para mí.
Eran las nueve de la mañana de un miércoles cualquiera en marzo de 2023. La subdirectora del penal me recibió en persona y, aunque ya sabía el motivo de mi visita y hasta tenía la orden de ceder su lugar de trabajo para nosotros, me hizo un par de preguntas de rutina sobre mi presencia allí. Solo unos minutos después recogió sus cosas y, consciente de que no volvería a usar su escritorio en lo que quedaba del día, me dijo: «Él ya viene para acá».
Hacía frío y yo estaba nerviosa. El calor de Barranquilla, que ese día estaba con una sensación térmica de cuarenta grados centígrados, no se podía disfrutar en aquella pequeña oficina en la que retumbaba el sonido de un viejo aire acondicionado pegado en la pared. Antes de llegar allí pasé por los filtros habituales. Me quitaron el celular, el bolso y el computador portátil. Nada fuera de lo normal para una cárcel que debe cumplir con los requisitos de seguridad.
Sin embargo, al ver que me pedían dejar todos los equipos que necesitaba para mi entrevista, decidí enviarle rápidamente un mensaje por chat, ya que era el único canal que aún tenía activo. Le expliqué lo que estaba pasando y en cuestión de segundos —mientras yo esperaba en la subdirección— un funcionario llegó con mis pertenencias.
Cada tanto se escuchaban pasos acercarse por el pasillo. Yo me levantaba con la esperanza de que fuera él, pero no. Siempre era alguien más. Entre las constantes interrupciones me refugiaba en mi celular para revisar las notas, las preguntas y los temas que no podía dejar pasar en mi primera conversación con este personaje tan particular. Era un cuaderno lleno de historias que, como fichas de un rompecabezas, armé a lo largo de mis investigaciones.
El tiempo para las visitas se cumplió y Emilio Tapia no apareció. Cuando empecé a pensar que mi viaje hasta Barranquilla se frustró, la puerta de la oficina se abrió y entró el «zar de la corrupción». No era la primera vez que estaba preso, pero sí la primera que, cumpliendo la nueva condena, aceptaba hablar con una periodista.
Alto, flaco, con orejas sobresalientes, elegante, usando ropa de marca, con un olor a perfume fino que desentonaba con su encierro y tal como se veía en decenas de fotos de los registros de prensa, llegó sonriendo y me saludó. Aunque nunca nos habíamos visto ni hablado, ambos sabíamos quién era el otro. Él, uno de los contratistas más corruptos de Colombia, y yo, la periodista que lo descubrió en el segundo escándalo que lo puso tras las rejas.