Poco después de su nacimiento, Jesús fue obligado a emigrar con su familia desde Palestina a Egipto para salvar su vida, huyendo de la persecución ordenada por el rey Herodes. Este episodio, conocido como 'la huida a Egipto', refleja una realidad que enfrentan muchos migrantes hoy: dejar su tierra por razones políticas o de seguridad.
Aunque algunos argumentan que tanto Judea como Egipto estaban bajo el control romano, la diferencia administrativa y legislativa entre ambas regiones confirma la condición de migrante de Jesús, quien debió abandonar su territorio por circunstancias fuera de su control.
Más allá de su historia personal, la doctrina cristiana enfatiza el respeto y la fraternidad hacia los migrantes y extranjeros. Jesús ensalza la acogida en las bienaventuranzas y en parábolas como la del buen samaritano, destacando la importancia de tratar bien al forastero y al necesitado.
‘Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis’ (Mateo 25:35).
Esta enseñanza no solo proviene del cristianismo, sino que también tiene raíces en la tradición judía, que ya promovía la protección a los extranjeros y huérfanos, como señala el Libro de los Salmos.
Por ello, no es necesario ser religioso para reconocer el llamado moral a la solidaridad con los migrantes, un mensaje que sigue vigente y que invita a la reflexión sobre cómo la sociedad actual acoge a quienes buscan refugio y protección.