Cultura

Los primeros libros que nos enseñaron a leer el universo

Un viaje desde las tablillas babilónicas hasta la imprenta de Gutenberg, explorando cómo la humanidad registró el cosmos y transformó la ciencia.

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Foto: La voz del país

Mientras caminaba esta semana por los pasillos de la Feria Internacional del Libro que se realiza por estos días en Bogotá, rodeado de millones de palabras impresas, novedades editoriales y firmas de autores, pensaba en el abismo de historia que se abrió desde que la humanidad decidió por primera vez escribir el universo. No me refiero a poesía ni a mitos, aunque todo eso también cuenta, sino al momento preciso en que alguien miró el cielo con atención, reconociendo por ejemplo un patrón que se repetía, y sintiendo la urgencia de dejarlo registrado para que sobreviviera, viajara en el tiempo, y llegara a manos de alguien que aún no había nacido. Ese momento ocurrió hace más de cuatro mil años, en Mesopotamia, y cambió la historia de nuestra especie de una manera que todavía no terminamos de comprender.

Tablillas de arcilla: los primeros registros del cosmos

Los primeros libros de ciencia no tenían páginas ni encuadernación, y eran simples tablillas de arcilla húmeda marcadas con un punzón en forma de cuña, pequeños ladrillos de información capaces de durar milenios. Los escribas babilonios las utilizaban para anotar los movimientos de la Luna, los ciclos de Venus y la aparición de eclipses. La astronomía nació como ciencia de Estado, y el cielo era una herramienta de poder político, en donde un eclipse podía presagiar la muerte de un rey, con lo cual saber cuándo ocurriría era una ventaja tan valiosa como cualquier ejército. Una de esas compilaciones conocida como Enuma Anu Enlil, contiene más de siete mil presagios astronómicos catalogados con una meticulosidad que dice mucho sobre lo que estaba en juego.

El conocimiento en otras tierras: Egipto y Grecia

En otros lugares, el conocimiento tomó otra forma. En Egipto tenemos la referencia del Papiro de Ebers, un escrito datado hacia el 1550 a.C., que reúne en 110 páginas remedios médicos, recetas con plantas y minerales, y hasta identifica al corazón como el centro del sistema sanguíneo con una intuición notable para su época. Lo fascinante de ese documento es la manera en que conviven en sus mismos párrafos la observación clínica, la invocación religiosa y el conjuro mágico, como si el mundo todavía no hubiera necesitado separar sus distintas formas de conocer.

Pero fue en la Grecia antigua donde la ciencia comenzó a desprenderse de los dioses, aunque no sin cierta resistencia. Aristóteles escribió tratados de física, biología y cosmología que representaron un intento sistemático de explicar el mundo recurriendo exclusivamente a la observación y la razón. Se equivocó en cosas fundamentales, como por ejemplo cuando afirmaba que el cerebro servía para enfriar la sangre, pero su método plantó la semilla de lo que vendría.

El legado de Ptolomeo y la revolución de la imprenta

En el siglo II d.C., Claudio Ptolomeo sintetizó ese legado en el Almagesto, trece volúmenes con un modelo matemático del universo que permitía predecir los movimientos planetarios con precisión suficiente para navegar y calcular calendarios, y que por eso mismo gobernó la astronomía durante casi 1.400 años. Estaba también equivocado en muchas cosas, pero eso es precisamente lo que hace a estos libros tan profundamente humanos, que son el registro honesto del límite exacto de nuestra comprensión antes de que alguien se atreviera a empujar el conocimiento un poco más lejos.

Y hablando de empujones, uno muy fuerte llegó con la imprenta de Gutenberg, a partir de la cual muchas ideas dejaron de ser propiedad de los monasterios y comenzaron a circular en miles de ejemplares simultáneos, atravesando fronteras sin que ninguna autoridad pudiera detenerlas del todo. En 1543, Copérnico propuso con argumentos matemáticos que la Tierra no era el centro del universo sino un planeta más. Algunas décadas después, Galileo apuntó un telescopio al cielo para ver montañas y cráteres en la Luna, manchas en el Sol, y lunas orbitando a Júpiter, lo que escribió meticulosamente en el Sidereus Nuncius, un libro que agotó su primera edición en días y que la Inquisición tardó poco en declarar como una amenaza.

Cada uno de esos textos fue en su momento una mezcla de curiosidad y valentía en proporciones que hoy nos cuesta imaginar, porque escribir ciencia no era simplemente describir la realidad, sino atreverse a corregir lo que todos creían saber.

Ahora es fácil olvidar lo largo y accidentado que fue ese camino, pero algo conecta los libros de hoy con ciencia contemporánea con aquellas tablillas de arcilla babilónicas, y es el deseo de entender en qué lugar del universo nos encontramos, y la convicción de que vale la pena escribirlo para que algún día otros puedan seguir desde donde nosotros nos detuvimos.

Mientras caminaba esta semana por los pasillos de la Feria Internacional del Libro que se realiza por estos días en Bogotá, rodeado de millones de palabras impresas, novedades editoriales y firmas de autores, pensaba en el abismo de historia que se abrió desde que la humanidad decidió por primera vez escribir el universo. No me refiero a poesía ni a mitos, aunque todo eso también cuenta, sino al momento preciso en que alguien miró el cielo con atención, reconociendo por ejemplo un patrón que se repetía, y sintiendo la urgencia de dejarlo registrado para que sobreviviera, viajara en el tiempo, y llegara a manos de alguien que aún no había nacido. Ese momento ocurrió hace más de cuatro mil años, en Mesopotamia, y cambió la historia de nuestra especie de una manera que todavía no terminamos de comprender.

SANTIAGO VARGAS Ph. D. en Astrofísica Observatorio Astronómico de la Universidad Nacional

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