Opinión

El Mundial también se juega en la convivencia

El Mundial genera alegría colectiva y un impacto económico de 377.000 millones de pesos en Bogotá, pero también exige responsabilidad ciudadana para evitar que la celebración termine en conflictos.

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Foto: La voz del país

Cada cuatro años, el fútbol demuestra que es mucho más que un deporte. Un partido de la Selección puede cambiar el ánimo de una ciudad entera.

Los restaurantes se llenan, los bares preparan promociones, las tiendas venden televisores, camisetas y parlantes, los domiciliarios trabajan más, las marcas lanzan campañas, los vendedores informales encuentran una oportunidad y las familias organizan reuniones alrededor de una pantalla. Durante el Mundial, las ciudades cambian su estado de ánimo.

Bogotá ya se prepara para vivir esa fiebre. Las proyecciones hablan de un impacto económico cercano a los 377.000 millones de pesos, gracias a todos los sectores que se dinamizan alrededor del fútbol. Basta ver la emoción que genera llenar el álbum y la manera en que los bogotanos intercambian láminas en parques, colegios, oficinas y plazoletas de centros comerciales. Es toda una experiencia para vivir en familia.

Y es que el Mundial es una fiesta que produce alegría colectiva en medio del estrés diario. Al fin y al cabo, el fútbol es una emoción común. Tiene la capacidad de reunir en una misma mesa a personas que piensan distinto y no siempre comparten las mismas preocupaciones. Por un momento, el país parece hablar un idioma menos conflictivo.

Pero esa fiesta requiere responsabilidad ciudadana. Porque, si hay algo que todavía nos cuesta como sociedad, es aprender a celebrar sin hacernos daño. Muchas veces, cuando se juntan licor y emoción desbordada, la celebración termina en conflictos. Un empujón, una burla, una ofensa, una pelea por un resultado o por una apuesta pueden terminar en lesiones personales y, en los casos más trágicos, en la pérdida de una vida.

La voz del país

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