Rosendo Obando, desde su humilde hogar en Tumaco, recibió la inesperada noticia que cambió su vida: su hijo Jonhatan, conocido como Chiquitín, había sido víctima de un bombardeo estadounidense en el Caribe. La llamada de la exnuera fue la primera señal de una tragedia que pocos podían imaginar.
Jonhatan, un pescador de 33 años, se encontraba en coma inducido y entubado en un hospital de Bogotá tras sobrevivir a uno de los 41 ataques letales que Estados Unidos ejecutó desde septiembre en una campaña opaca contra el narcotráfico. Los bombardeos han cobrado la vida de más de 150 personas, sin que se hayan reportado detenidos o procesos judiciales.
El ataque del 16 de octubre, en el que Jonhatan y el ecuatoriano Andrés Fernando Tufiño fueron los únicos supervivientes, fue el primero dirigido contra un semisumergible que, según Washington, transportaba drogas como fentanilo. Las imágenes del bombardeo muestran cómo varias embarcaciones fueron destruidas tras múltiples explosiones.
“Papi, para esto mejor haberse muerto”, fueron las palabras desgarradoras que Jonhatan le expresó a su padre tras el ataque, reflejando el impacto profundo y humano detrás de esta operación militar.
Mientras tanto, la comunidad en Tumaco sigue enfrentando la incertidumbre y el dolor que trae esta campaña estadounidense, que ha dejado un saldo fatal y cuestionamientos sobre la legalidad y transparencia de estas acciones en aguas internacionales.