Orden público

Violencia política en Colombia: amenazas y asesinatos marcan una escalada crítica contra líderes en año electoral

Un informe de la MOE revela un panorama alarmante: las agresiones contra líderes políticos se dispararon un 3.700% en el Huila, mientras las amenazas constituyen más del 52% de los casos. La letalidad se ceba con indígenas y comunales.

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Foto: La voz del país

Un año electoral ensombrecido por la violencia sistemática

La Misión de Observación Electoral (MOE) ha documentado un panorama de violencia política que, lejos de estabilizarse, experimenta transformaciones geográficas y metodológicas de extrema preocupación. El dato más elocuente de esta mutación se observa en departamentos como el Huila, donde los hechos violentos contra líderes y candidatos se dispararon un 3.700%, pasando de apenas 2 casos a 76 en el periodo analizado. Este incremento exponencial no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de una reconfiguración territorial del conflicto, impulsada en gran medida por la incursión y disputa de nuevas estructuras armadas ilegales y grupos disidentes que buscan controlar corredores estratégicos, rutas de narcotráfico y economías ilícitas. La violencia se utiliza como un instrumento para cooptar procesos democráticos locales, intimidar a la oposición y asegurar cuotas de poder, creando un entorno donde la competencia política queda severamente restringida por el miedo y la coerción.

Al desagregar las modalidades de agresión, el informe de la MOE confirma un patrón persistente pero no por ello menos grave: las amenazas continúan siendo el mecanismo de violencia más recurrente, con 228 casos que representan el 52,4% del total. Esta cifra subraya una estrategia de terror psicológico y control social que precede y, en muchos casos, anuncia hechos más violentos. Le siguen en frecuencia los asesinatos, con 103 casos (23,7%), los atentados con 64 (14,7%) y los secuestros con 32 (7,4%). El salto en los secuestros es particularmente revelador, al evidenciar una escalada preocupante frente a los apenas seis reportados en 2022, lo que sugiere un retorno de esta práctica no solo con fines económicos, sino como un método de presión y castigo ejemplarizante contra figuras políticas en territorios de alta conflictividad.

Perfiles en la mira: concejales y candidatos bajo fuego cruzado

El análisis de los perfiles más afectados dibuja un mapa claro de los blancos preferentes de la violencia. Según la MOE, los concejales en ejercicio encabezan la lista con 57 agresiones, un dato que refleja la vulnerabilidad de la base del poder legislativo local, donde se toman decisiones sobre presupuesto, ordenamiento territorial y desarrollo comunitario que interfieren con intereses ilegales. En paralelo, se registraron 46 ataques directos contra candidatos en pleno proceso electoral: 30 aspirantes al Congreso, ocho precandidatos y ocho a otros cargos de elección popular. Esta focalización en candidaturas evidencia un intento deliberado de torcer la voluntad popular desde su origen, disuadiendo la participación y alterando la oferta política disponible para los votantes, lo que constituye un ataque frontal a los cimientos de la democracia representativa.

Al examinar la filiación política de las víctimas, el partido Centro Democrático emerge como el más impactado, con 31 agresiones concentradas principalmente en Antioquia y Bogotá. Sin embargo, expertos advierten que interpretar la violencia desde una lógica puramente partidista puede ser reduccionista. La victimización responde con frecuencia a dinámicas territoriales específicas, donde cualquier figura percibida como un obstáculo para el control de un grupo armado o como un aliado de un grupo rival se convierte en objetivo, independientemente de su bandera política. La violencia, en este sentido, es instrumental y se adapta a los contextos locales de disputa por el poder, afectando a una amplia gama de actores políticos más allá de las siglas.

Letalidad focalizada: el riesgo extremo de indígenas y comunales

En el caso de los liderazgos sociales, aunque el informe registra una reducción en el número total de agresiones en comparación con años anteriores, persiste una violencia de una letalidad alarmante y focalizada contra poblaciones históricamente vulnerables. Los liderazgos indígenas concentraron 31 casos, de los cuales el 67,7% fueron hechos letales (homicidios y atentados mortales). Esta cifra, desproporcionadamente alta, evidencia un nivel de riesgo extremo para estas comunidades, que defienden sus territorios ancestrales de proyectos extractivos, cultivos de uso ilícito y la expansión de grupos armados. A nivel territorial, el Cauca se mantiene como el principal foco de afectación, con 13 de estos casos, confirmando su status como epicentro de un conflicto multifacético que combina disputas interétnicas, presencia de disidencias y una frágil implementación del Acuerdo de Paz.

Por su parte, la violencia contra los liderazgos comunales presenta un patrón particularmente grave por su alta letalidad. El 59,3% de las agresiones contra este sector correspondieron a homicidios, con 35 casos registrados. Dentro de este grupo, los más vulnerables fueron los presidentes de Juntas de Acción Comunal (JAC), quienes sufrieron 33 ataques. Estos líderes, que representan el escalón más básico de la organización social y la interlocución con el Estado en barrios y veredas, son blanco por su papel en la gestión de recursos comunitarios, la denuncia de problemas de seguridad y su oposición a la infiltración de actores armados en la vida cotidiana. Su asesinato busca decapitar la organización social, sembrar el terror en las comunidades y eliminar cualquier estructura de resistencia civil autónoma, dejando un vacío de poder que es rápidamente llenado por las ilegalidades.

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