Un nombramiento que rompe esquemas en la Santa Sede
La designación de María Montserrat ‘Montse’ Alvarado como Prefecta del Dicasterio para la Comunicación —equivalente a ‘ministra’ de comunicaciones del Vaticano— ha causado sorpresa en la Curia Romana y entre los católicos. Vaticanalistas consideran que es ‘el primer gran nombramiento del año’ del papa León XIV, quien acaba de cumplir un año de pontificado. Algunos afirman que se trata de una ‘elección personal’ del obispo de Roma, mantenida en absoluto secreto, pero que conserva la perspectiva reformista iniciada por Jorge Mario Bergoglio.
La apertura a los laicos: un legado de Francisco
La constitución apostólica Praedicate evangelium, promulgada por el papa Francisco, abrió la puerta a que laicos ocuparan altos cargos de responsabilidad en la Santa Sede, antes reservados a clérigos, obispos y cardenales. En ese marco, Alvarado se convierte en la segunda mujer en ocupar una de las posiciones más importantes del Vaticano —tras la religiosa italiana sor Simona Brambilla, nombrada Prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada en enero de 2025— y, además, en la primera mujer laica no consagrada en dirigir un dicasterio.
¿Quién es Montserrat Alvarado?
Nacida en la Ciudad de México, Alvarado obtuvo la ciudadanía estadounidense en 2009. Es periodista de profesión y ha desarrollado gran parte de su carrera en Estados Unidos. Su perfil de ‘outsider’ de origen latino representa un giro frente a la tradición italiana que hasta ahora había marcado la comunicación vaticana. El teólogo e historiador Massimo Faggioli anticipó desde su cuenta de X que su llegada ‘bien podría representar el inicio de un nuevo periodo positaliano’.
El legado de Paolo Ruffini y el nuevo rumbo
El Dicasterio para las Comunicaciones ya había sido liderado por un laico desde 2018: el prestigioso periodista siciliano Paolo Ruffini, con 40 años de trayectoria en medios como Il Messaggero y la Rai, y quien dirigía TV2000, la red televisiva de la Conferencia Episcopal Italiana. La llegada de Alvarado marca un relevo generacional y cultural, y abre interrogantes sobre el enfoque que imprimirá a la comunicación de la Iglesia católica en un mundo cada vez más digital y diverso.