El 23 de marzo, un avión militar Hércules C-130 de la Fuerza Aeroespacial Colombiana se precipitó a tierra minutos después de despegar de Puerto Leguízamo, Putumayo, cuando cumplía una misión de transporte hacia Puerto Asís. A bordo viajaban 126 militares y policías. El accidente dejó 69 muertos y desencadenó una compleja labor forense para identificar a las víctimas de la peor tragedia aérea en la historia reciente de las Fuerzas Militares. LEER NOTA Por: Natalia Peláez, María Alejandra Moreno y Carlos López. Redacción Política y Justicia. Martes 24 de marzo de 2026. 7:10 p. m. La llegada. Han pasado 36 horas desde la peor tragedia de la Fuerza Aérea Colombiana, la caída del avión Hércules C-130 en Puerto Leguízamo, Putumayo. En el Instituto de Medicina Legal, en el centro de Bogotá, una docena de expertos forenses espera, bajo las luces blancas de la morgue, la llegada de los 69 cuerpos de soldados y policías que murieron en el siniestro. El sonido de las camionetas que transportan los cuerpos, trasladados desde la base de Catam, en el occidente de la ciudad, se escucha cada vez más cerca. En la puerta está el director del Instituto, Ariel Cortés. Revisa constantemente su celular y se le escucha dar un par de instrucciones. En su rostro se refleja la magnitud de la tragedia. Sabe que, desde ese instante, todas las miradas estarán puestas sobre la entidad y que es inminente la llegada de familiares que preguntarán por sus seres queridos. La hoja de ruta ya está definida. Diez minutos después, el garaje se abre y cada camioneta se parquea para que, uno por uno, los cuerpos sean bajados sobre planchas de metal y sacados de las bolsas en las que están guardados. Los funcionarios los ubican en un salón. Se trata de uno de los trabajos forenses más grandes que se han hecho en el país desde el holocausto del Palacio de Justicia. Entre los expertos que hacen las necropsias está Ermen Tapia, quien lleva tres décadas trabajando en Medicina Legal. “Apenas unas horas antes viajaban para reunirse con sus familias o continuar el relevo de tropa”, menciona una de las personas. Tapia es padre y, de manera inevitable, piensa en su hijo. Con los años ha aprendido que nunca se termina de normalizar la muerte. “Nos unimos como equipo porque detrás de esos muertos hay una familia y un país que está reclamando quién es”, dice. Empieza la jornada. Debe tomar registro de las condiciones de cada cuerpo. Los minutos se vuelven eternos. Hay una imagen que con las horas se replica: él y sus compañeros toman pausas y se sientan en los pasillos del instituto, vencidos por el cansancio y la imagen que dejó la tragedia. Esta misma noche, el Gobierno en pleno está en la Plaza de Armas de la Casa de Nariño. Frente a los funcionarios, una calle de honor de la Guardia Presidencial permanece inmóvil. El silencio solo es interrumpido por una trompeta que entona las notas del himno nacional y mientras la melodía avanza, diez soldados arrían lento la bandera nacional, la bajan del asta y la doblan como símbolo de respeto. Entonces, se escucha: “Hoy Colombia está de luto ante tan trágica pérdida de vidas humanas, cuyo recuerdo y servicio al país será permanente en la memoria de los colombianos”. Es el anuncio del Decreto 0295 del 24 de marzo de 2026, mediante el cual se declaran tres días de duelo nacional. Ya adentro y después de un minuto de silencio, el comandante de las Fuerza Aeroespacial Colombia, general Carlos Fernando Silva Rueda, confirma al país el número de las víctimas fatales: 61 integrantes del Ejército Nacional, seis de la Fuerza Aeroespacial Colombiana y dos miembros de la Policía Nacional. El avión que se accidentó era un Lockheed C-130 Hércules de la Fuerza Aeroespacial Colombiana (FAC), con matrícula FAC 1016, fabricado en 1983 y donado a Colombia por Estados Unidos en 2020. Antes de entrar en operación en el país, había sido sometido a un mantenimiento valorado en cerca de tres millones de dólares. La aeronave ya había participado en operaciones relevantes y se caracterizaba por su compuerta trasera que le permitía movilizar tropas, vehículos, cargas y ayuda humanitaria. El comandante entonces explica que el día de la caída, el Hércules despegó desde la Base Aérea de Catam en Bogotá a las 7:02 de la mañana y que tras recorrer unos 547 kilómetros, aterrizó en el aeropuerto Caucayá de Puerto Leguízamo a las 8:23. El plan consistía en realizar dos vuelos desde ese municipio hasta Puerto Asís para transportar al personal. A las 9:40 despegó e inició el primer tramo. Sin embargo, apenas un minuto después, la aeronave cayó en zona rural de Puerto Leguízamo, a un kilómetro del aeropuerto. Pese a la experiencia de los pilotos y a la probada eficiencia de la nave, el debate se centra en su antigüedad. En paralelo, el presidente Gustavo Petro cuestiona que Colombia hubiera recibido un avión con más de cuatro décadas de servicio: “¿Por qué nos regalaron un avión con 43 años de antigüedad? Entre más viejo, más mantenimiento costoso necesita. La vida útil de este avión era menor”. La FAC responde minutos después con una posición distinta. El general Carlos Fernando Silva Rueda sostiene que el Hércules estaba en óptimas condiciones técnicas y asegura que todavía tenía capacidad para operar por cuatro décadas más. Por eso, insiste en esperar a las pesquisas. “Las investigaciones pueden tomar tiempo. Los motores así hayan quedado en cenizas, son recogidos y se llevan a Rolls-Royce”, dice. Un mes después del accidente, la FAC entregó un reporte preliminar que apuntó a una posible falla humana. Según ese documento, que hasta el cierre de esta edición no se ha revelado por completo, se habrían presentado errores al calcular el peso del avión y la longitud de la pista. Minutos después del despegue, el Hércules C-130 cayó a 1,8 kilómetros de la pista del aeropuerto de Puerto Leguízamo. FOTO: JUAN PABLO RUEDA / EL TIEMPO En ese mismo informe, el inspector coronel Luis Fernando Giraldo Escobar, director de Seguridad Operacional de la Inspección de la FAC, explicó que, durante los cuatro segundos que el avión Hércules estuvo en el aire, “el motor número 3 impactó el árbol número 1. Posteriormente, el motor número 1 y el motor número 2 impactaron el árbol número 2 y el árbol número 3”. Así, la tesis de su equipo apuntó a que esos choques pudieron haber provocado la pérdida de potencia de la aeronave, impidiéndole mantenerse en el aire y completar el trayecto hacia Puerto Asís. *** Miércoles 25 de marzo de 2026. 6 a. m. La identificación. Antes de que los peritos de Medicina Legal puedan tocar alguno de los 69 cuerpos, cada camilla debe pasar primero por una máquina de rayos X. Entre los restos de los soldados viene también su armamento y munición, la misma que horas antes había explotado entre las llamas en Puerto Leguízamo. En las placas no solo aparecen las fracturas que suelen verse tras un impacto. Junto a las quemaduras se ven fragmentos metálicos dispersos en el tejido, un riesgo que había que descartar antes de empezar cualquier procedimiento. Dos días antes, Luis Romero, patólogo del instituto, había recibido una llamada de un funcionario de la Aerocivil que le avisó del accidente. De ahí salió la orden de activar contenedores, neveras, personal y espacios que todavía no existían sobre el terreno. En un caso como este, el área de patología —explica Romero— entra a coordinar a todas las demás disciplinas para decidir cómo se aborda cada cuerpo y en qué orden trabaja cada especialidad, decisión tomada en la reunión de apertura. Unos cuerpos llegaron fragmentados por el impacto. Otros con golpes marcados en algunos huesos. Otros quemados con partes calcinadas. Y otros de quienes habían muerto antes de que las llamas los alcanzaran, por inhalación de humo. Según la hoja de ruta trazada, cada cuerpo pasa primero por la lofoscopia. Trece peritos, que habían dejado de lado sus turnos correspondientes, buscan en cada mano algo que todavía pudiera leerse. Cuando la piel no alcanza para una huella directa, se realiza el tratamiento de pulpejos, que consiste en amputar la segunda falange de cada dedo y rehabilitarla. “Estos cuerpos llegaron al instituto en una condición bastante difícil para el tema de la identificación, por cuanto estaban incinerados, fue necesario hacer un tratamiento de rehabilitación de piel de fricción”, cuenta Fredy Lizarazo, técnico forense. La piel humana tiene tres capas y el fuego suele destruir primero la más externa. La huella nace más abajo, en la dermis, y basta con recuperar un fragmento de apenas dos milímetros para identificarlo. Cada imagen recuperada se envía al sistema Afis, que la compara con millones de huellas que tiene la Registraduría. De esa forma y sin pausa durante 48 horas, el equipo identifica a 59 de los 69 fallecidos. Los diez cuerpos restantes pasan al equipo de odontología forense. Germán Ayala, uno de los técnicos, se enteró del accidente el lunes festivo, en su casa, mientras las cifras de víctimas subían en los medios antes de confirmarse. Esa misma tarde, él y sus colegas armaron cuatro parejas de trabajo. Debían lograr abrir la boca de cada cuerpo y describir diente por diente qué tratamientos y alteraciones tenía cada pieza, para compararlo con la historia clínica odontológica de los soldados en vida, algo posible en este caso porque las Fuerzas Armadas guardan esos registros. Veinticuatro horas seguidas, repartidas en jornadas de dos días, terminaron con cuatro identificaciones más. En medio de esa jornada, Ayala recuerda un detalle que se le quedó grabado, ajeno al procedimiento técnico. “La labor de cada uno de nosotros es importante. El aseador, que muchas veces no lo tienen en cuenta, para nosotros fue tan fundamental que llegara y en ciertos momentos despejara nuestra área de trabajo para librarnos de esa carga”, dice. Los últimos seis cuerpos llegan a un laboratorio mantenido a baja temperatura y separado del resto del edificio. Ahí trabaja Rocío Lizarazo, coordinadora del grupo de genética forense, junto a una treintena de expertos más. El proceso empieza con un fragmento de hueso pulverizado en una cápsula que gira a millones de revoluciones, al que luego se le agregan reactivos para extraer el ADN. “Después de que está pulverizado, se adicionan reactivos que eliminan la matriz mineral en la cual están sometidas las células, y además ayudan a romper las membranas celulares para sacar el ADN”, explica Lizarazo. Todo el proceso, advierte, puede tomar hasta una semana; con los seis cuerpos, se tardó cinco días. *** Lunes festivo 23 de marzo de 2026. 7 a. m. El accidente. El cielo está opaco. El Hércules C-130 con once tripulantes a bordo aterriza en el aeropuerto de Caucayá, en Puerto Leguízamo, Putumayo. Su misión era recoger a 115 militares y policías para llevarlos hasta Puerto Asís. Un trayecto corto para las dimensiones de aquel gigante de cuatro motores. El vuelo había sido planeado con varios días de anticipación. Antes de abordar, cada militar está junto con su equipaje. Mientras esperan el llamado para subir, la emoción es evidente. Muchos salen de permiso y hablan con la ilusión de reencontrarse con sus familias; otros serán trasladados para relevar tropas en una de las regiones más apartadas del país. Entre conversaciones, llamadas y despedidas, el ambiente está cargado de expectativa. El soldado profesional (SLP) Giovanny Ocampo fue uno de los fallecidos en la caída del avión. FOTO: JUAN PABLO RUEDA / EL TIEMPO En un video se ve al cabo primero Jairo Andrés Rincón Machado mandarle un beso a su hija y decirle: “Mi amor, ya vamos a salir. Ya llegó el avión por nosotros. Te amo mi amor”. Él salía de permiso porque su hija cumplía 10 años. Uno a uno fueron ocupando sus lugares, sentados sobre el planchón de la aeronave, con las piernas cruzadas, tal como les indican los tripulantes. Algunos se persignan antes del despegue. Otros envían un último mensaje a sus familias y otros se ponen audífonos para hacer más llevadero el vuelo. A las 9:40 de la mañana se escuchan los motores y se siente la fuerza de la aceleración por la pista del aeropuerto. Despega. El recorrido hasta Puerto Asís no debe tomar más de 30 o 40 minutos. Pero un par de segundos después, se siente un choque hacia un lado. Después se supo que habría sido contra un árbol. “Todos nos miramos, dijimos: ‘Una ramita, nada grave’”, relata el teniente Brethmen Chávez, uno de los sobrevivientes. A ese primer árbol, pocos metros adelante, se suman dos más. El avión vira lentamente hacia la izquierda y pierde potencia. La caída es inevitable. El tiempo parece detenerse. El impacto parte el avión en varios fragmentos y, casi de inmediato, aparece el fuego. La enorme cantidad de combustible, la fuerza del choque y las altas temperaturas de los motores alimentaron el incendio. Minutos después comienzan a explotar las granadas que algunos soldados llevaban en su equipaje. Los sobrevivientes intentan salir entre el humo y el fuego. Así, en medio del dolor, el aturdimiento, las explosiones y los gritos de auxilio, quienes logran ponerse de pie regresan para ayudar a sus compañeros atrapados. En menos de 15 minutos, el Hércules queda consumido por las llamas. “Hay una impotencia porque uno quisiera tener la fortaleza física para poder hacer más”, señala el teniente. La ayuda comienza a llegar ante el estruendo. Habitantes de Puerto Leguízamo arriban en motocicletas, a pie y en vehículos particulares. Con baldes de agua intentan controlar el incendio mientras otros evacúan a los heridos hacia el hospital del municipio. “El pueblo leguizameño fue completamente heroico en ese aspecto, porque inclusive muchos de ellos también se lesionaron intentando sacar personas”, recuerda el sobreviviente. Mientras todo eso ocurre, Eduardo Sanjuán, comandante del Cuerpo de Bomberos de Puerto Leguízamo, inicia una jornada que parecía destinada a ser muy distinta. Aquella mañana habían quedado de reunirse con sus compañeros para suspender algunos servicios del equipo de emergencia porque el presupuesto ya no alcanzaba. Cuando los 12 bomberos estaban reunidos sonó el teléfono: “Me llaman y me dicen que se había caído el Hércules”, relata el comandante. No les creyó. Durante 21 años había recibido llamadas falsas y bromas de mal gusto. Sin embargo, bastó salir unos metros para ver la columna de humo elevándose sobre el horizonte. Los hombres disponibles abordan el carrotanque y se dirigen al lugar del accidente. Lo que encuentran es difícil de describir. “Es una cosa muy aterradora. Usted mira gente por un lado, soldados por otro, todos pidiendo auxilio, tratando de salir. No sabe a quién dirigirse primero porque todos están suplicando ayuda”, recuerda. Las voces de quienes aún permanecen dentro del avión siguen escuchándose. Hay que atender heridos, combatir el incendio y enfrentar una escena dantesca. Cuando se logra controlar el incendio con una mezcla de agua, jabón y otros elementos, comienza la tarea de buscar a las víctimas. “Se sentía el calor, el cansancio, la sed”, narra el comandante. Durante más de diez horas remueven restos de la máquina, caminan entre los escombros y recorren los alrededores sin saber cuántas personas siguen desaparecidas. Entre ellos estaba el soldado profesional Alejandro José Ramírez, de 25 años, quien tan solo tres días después iba a casarse con Ivanna, madre de sus dos hijos. También estaban los hermanos Santiago Andrés y Daniel Esteban Arias, de 20 y 22 años, soldados profesionales que esperaban llegar a Puerto Libertador para abrazar a su mamá. “Entre eso estuvimos hasta las ocho de la noche apoyando y ya tuvimos que retirarnos a esa hora cuando faltaban todavía cuatro cuerpos que no se encontraban porque tal vez estaban debajo de los escombros”, detalla el comandante. Así cayó la noche sobre Puerto Leguízamo. *** Lunes 30 de marzo de 2026. La entrega. Una semana después de que los cuerpos llegaron a Bogotá, el Instituto de Medicina Legal cerró el último de los 69 casos. 59 personas fueron identificadas por lofoscopia, cuatro por odontología forense y seis mediante análisis genético. “Uno de los grandes objetivos es lograr la identificación y entregarle a cada familia a su ser querido, sin que haya ninguna duda”, dice Luis Romero, patólogo del Instituto. Con el total de los nombres confirmados, el instituto pudo entregar, uno a uno, los cuerpos que una semana antes habían llegado sin identidad. En Puerto Leguízamo aún permanecen fragmentos del avión, la tierra marcada por el fuego y las cenizas. El paisaje conserva la huella de las 69 vidas que no regresaron y la cicatriz de la peor tragedia de la aviación militar en la historia reciente de Colombia.