El dolor que acompaña el esfuerzo puede ser una señal positiva
Eliud Kipchoge, reconocido maratonista, afirma que el dolor en ciertos momentos de su entrenamiento indica que ha alcanzado el ritmo adecuado. Esta idea, popularizada también por Jane Fonda en los años 80 con el lema “no pain, no gain”, sigue vigente en la cultura deportiva. Sin embargo, no todo dolor durante la actividad física es igual ni debe interpretarse de la misma manera.
Durante ejercicios como correr, pedalear o nadar, es común experimentar sensaciones de ardor muscular, fatiga o dificultad respiratoria. Estas molestias reflejan la adaptación del cuerpo al esfuerzo y son temporales. Estudios muestran que trabajar al 70-80% de la capacidad máxima aumenta la frecuencia cardíaca y genera microlesiones musculares que, al repararse, fortalecen el cuerpo.
Cuando el dolor se convierte en una señal de alarma
El problema surge cuando el dolor es persistente, punzante o localizado, especialmente en articulaciones o nervios. A diferencia del dolor muscular difuso que mejora con el movimiento, este tipo de molestias pueden indicar lesiones o sobrecargas. Por ejemplo, el dolor lumbar crónico es común en deportistas y requiere atención especializada.
Además, en personas con dolor crónico, el ejercicio intenso puede agravar el malestar debido a una disfunción en los mecanismos naturales de analgesia, haciendo que el cuerpo no libere endorfinas de forma adecuada. En estos casos, es fundamental evitar el sobreesfuerzo y entrenar con precaución.
Cómo la cultura del gimnasio influye en la percepción del dolor
En gimnasios y comunidades deportivas es común asociar el dolor intenso con éxito y disciplina, lo que puede llevar a ignorar señales de advertencia. Esta mentalidad, que distingue entre “dolor bueno” y “dolor malo”, a veces difumina los límites y puede provocar lesiones por sobreentrenamiento o mala técnica.
Entender que la incomodidad es parte del proceso de mejora, pero que el dolor persistente debe alertarnos, es esencial para evitar daños. Un enfoque integral que considere cuerpo, mente y contexto es la mejor estrategia para entrenar de forma segura.
Entrenar con inteligencia implica escuchar al cuerpo
La diferencia entre incomodidad y dolor es clave: la primera es soportable y pasajera, mientras que el dolor advierte de una posible lesión. Ignorar esta distinción no es valentía sino un riesgo para la salud.
El equilibrio entre esfuerzo y recuperación determina si el entrenamiento fortalece o daña. Por ello, el lema “no pain, no gain” podría evolucionar hacia “no pain, no brain”, recordándonos que entrenar también es aprender a interpretar las señales del cuerpo para avanzar sin rompernos.
Entre Kipchoge y Fonda, la enseñanza es clara: el esfuerzo duele, pero no debe doler mal. Reconocer esa diferencia es la mejor manera de progresar con seguridad.
¿Cómo identificar el dolor que requiere atención médica?
- Dolor persistente que no mejora con el movimiento o el descanso.
- Molestias punzantes o agudas localizadas en articulaciones o nervios.
- Dolor que interrumpe la actividad o limita la movilidad.
- Sensación de sobrecarga que no desaparece tras días de recuperación.
- Empeoramiento del dolor durante ejercicios intensos, especialmente en personas con antecedentes de dolor crónico.
Ante cualquiera de estos síntomas, es recomendable consultar con un profesional para evitar lesiones graves y adaptar el entrenamiento a las necesidades individuales.