A las 8 de la mañana, los 20 marines alojados en el JW Marriott de Caracas bajan a desayunar, un espectáculo que refleja la presencia estadounidense en el país. Con tatuajes visibles y uniformes casuales, estos militares conviven con agentes de la CIA, diplomáticos y personal del Departamento de Estado de EE. UU., todos inmersos en un nuevo capítulo político venezolano tras la captura del presidente Nicolás Maduro.
El JW Marriott, un edificio de 17 pisos con cerca de 300 habitaciones, alberga desde entonces la operación estadounidense en Venezuela. Aunque no destaca arquitectónicamente, su infraestructura y discreción lo convirtieron en la sede informal para reuniones y planificación estratégica tras el cierre y abandono de la embajada estadounidense durante siete años.
Tras la reapertura formal de la embajada el 30 de marzo, el hotel continúa siendo un punto clave para la toma de decisiones sobre política petrolera, minería, seguridad y reformas económicas. Líderes políticos y empresarios venezolanos han sostenido encuentros con interlocutores estadounidenses en sus salones, definiendo el rumbo del país desde estas mesas.
“No sé qué precedente existe para una tutela estadounidense coordinada desde un hotel”, comenta una fuente cercana a las negociaciones.
La peculiaridad del JW Marriott radica en que sigue operando como hotel abierto al público, recibiendo desde equipos deportivos hasta turistas desprevenidos, mientras en su interior se gestan decisiones que impactan a toda Venezuela. El personal estadounidense experimenta una especie de 'síndrome de encierro', limitado a sus espacios y sin contacto externo, supervisando la capital sin salir de sus confines.
Con el paso de los días, la estrategia estadounidense desde este enclave sigue siendo un misterio para muchos, pero el JW Marriott se ha consolidado como un símbolo del nuevo escenario político y de la influencia extranjera en Venezuela.