Hay momentos en la vida que nos permiten redescubrir el mundo con una mirada renovada, como cuando un niño observa el cielo por primera vez. Esta experiencia de asombro, aunque común en la infancia, tiende a perderse con la rutina y la sobreestimulación de la adultez.
Rachel Carson, pionera del ecologismo moderno, destacó la importancia de mantener vivo el asombro infantil a través de la compañía de adultos que compartan esa emoción, para preservar la alegría y el misterio del entorno.
El asombro como emoción transformadora
El profesor Dacher Keltner, experto en psicología, define el asombro como una sensación de éxtasis ante la grandeza que trasciende nuestra comprensión. Su investigación demuestra que esta emoción promueve comportamientos prosociales, como la generosidad y la cooperación, esenciales para la vida en comunidad.
En un experimento realizado en un bosque de eucaliptos, estudiantes que experimentaron asombro mostraron mayor disposición a ayudar y menos interés en recompensas monetarias, evidenciando el impacto positivo de esta emoción en la conducta humana.
El asombro en la infancia y sus beneficios fisiológicos
La psicóloga Eftychia Stamkou ha estudiado cómo el asombro afecta a niños entre 8 y 13 años, encontrando que esta emoción ralentiza el ritmo cardíaco y promueve la relajación. Además, los niños asombrados mostraron mayor generosidad al donar sus dulces a otros niños refugiados.
Stamkou resalta que el asombro nos libera del egocentrismo al recordarnos que somos parte de algo mucho más grande, actualizando nuestra visión del mundo y fortaleciendo la empatía.
La pérdida y recuperación del asombro en la adultez
Según el biólogo David Bueno, los adultos tienden a perder capacidad de asombro debido a la experiencia acumulada y la saturación por la sobreestimulación constante. Este desgaste puede llevar a un desconectamiento emocional y social.
El psicólogo Keltner advierte que la falta de asombro contribuye a un individualismo exacerbado, donde la compasión y la preocupación moral se ven disminuidas, afectando la cohesión social.
Sin embargo, el asombro puede entrenarse y recuperarse mediante la exposición a nuevas experiencias, entornos y actitudes que fomenten la exploración y la contemplación consciente.
El turismo, la naturaleza, y la observación atenta de detalles cotidianos como una pompa de jabón o el fuego, son vías para reactivar ese sentido de maravilla que renueva nuestra perspectiva y bienestar emocional.
“No se trata solo de qué miramos, sino de cómo miramos”, reflexiona Stamkou, invitándonos a imitar la capacidad infantil de explorar y maravillarse con el mundo que nos rodea.
Aristóteles ya señalaba que la filosofía nace del asombro, esa chispa que impulsa la búsqueda del conocimiento por el placer de entender lo desconocido. En tiempos acelerados y saturados de distracciones, recuperar el asombro es fundamental para ampliar nuestra visión, suavizar nuestro ego y reconectar con algo más grande que nosotros mismos.