Noticia Fragmento de La torre y la plaza: un libro que analiza el papel de los intelectuales, las élites y el poder en la sociedad colombianaEl autor, Fernando Guillén Martínez, tambiébn escribió 'El poder político en Colombia', obra clásica de la historiografía colombiana.La torre y la plaza, libo de Fernando Guillén Foto: CortesíaLink María Jimena Delgado DíazPERIODISTA28.07.2026 12:23 Actualizado: 28.07.2026 12:23 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles La torre y la plaza es un ensayo de casi 300 páginas que sumerge al lector en el mundo antiguo, cuando América era el nuevo mundo y la cultura española empezó a penetrar las costumbres y las sociedades que vemos en la región actual. Estos son fragmentos del libro, que fue publicado de la mano de la editorial Crítica y escrito por Fernando Guillén Martínez, quien ofrece una aguda reflexión sobre el papel de los intelectuales, las élites y las dinámicas del poder en la construcción de la sociedad colombiana, temas que conservan una notable vigencia y continúan estimulando el debate público y académico.Este libro habla de América y de las protoformas que la engendraron y que la constituyen. En fuerza de ello, trata de las relaciones indisolubles que para su historia y porvenir guardan el catolicismo, el municipio y el mestizo: la idea, el troquel y el producto que constituyen lo propio y esencialmente americano de nuestro tiempo y de todos los tiempos, a partir del descubrimiento y la población europeos del Nuevo Mundo que hoy habla lenguas romances.Empero, sería del todo absurdo explicar el proceso creativo y el desarrollo histórico de estos hechos y valores sin penetrar en el conductor humano que los forjó en las Indias: el hombre ibérico.Y hay otra razón mucho más importante para hablar de él. De una manera rigurosa, lo ibérico pleno solamente se realiza en América tras de haber sido sofocado y costreñido prematuramente en Europa. Esta aparente paradoja quizá parezca menos antojadiza cuando se escuchen las razones en las cuales se apoya este alegato crítico. [...]Lo español, antes que todo y después de todo, no es otra cosa que un desaforado amor al mundo y al trasmundo, una viva necesidad de existencia concreta, de honda organicidad.El ser hispánico ama el mundo, lo concreto del mundo, con todos los sentidos, con todas las potencias, con bárbara insistencia. Con cruel exacerbación. [...]Los Pirineos se convierten realmente, en el siglo XVI, en la dramática frontera entre dos mundos incompatibles. Sobre sus picos comienzan y concluyen dos formas de la existencia humana. De un lado, Europa, que ha perdido su centro natural y sigue la carrera desenfrenada del racionalismo hasta el absurdo. Del otro comienza América. [...]La torre y la plaza, libo de Fernando Guillén Foto:Cortesía La familia cristiana estimula y sostiene el sentido virtual del “voto” libre, de la elección que compromete personalmente, en virtud de la voluntad autónoma y que está más allá de todas las necesidades de la sociedad, considerada en general o de los destinos de la perfección de la especie. [...]El municipio es un reto a la capacidad directora y a la actividad moral directa de cada uno de los vecinos, en el gobierno político, no sujeto al determinismo de las grandes masas colectivas, sino rector, en verdad, de la vida de cada día, conforme a la utilidad temporal y al libre albedrío personal. [...]Ambas instituciones, en lo político, son sostenidas sustancialmente por la propiedad personal, que es el primer sillar y la palanca propulsora de la vida social de los pueblos mestizos de América. Sirviendo de apoyo temporal a cada persona y a cada familia, para fortalecer su sentimiento de autonomía frente a la sumisión gregaria y para garantizar la defensa de sus deberes y derechos eternos, contribuye decisivamente a liberar a cada alma del terror social, primera y definitiva arma de las culturas naturalistas en la empresa de quebrantar la conciencia personal del ser. [...]La ciudad española no alcanzó su plenitud formal sino en América. El pueblo que escapaba en los galeones de los quebrantos que comenzaba a sufrir su rica Edad Media a manos de dinastías extranjeras, era el pueblo de un instante en que las energías ibéricas alcanzaban su más alta cima y la más viva percepción de su destino. La virginidad de las tierras americanas ofreció a sus personas y a sus comunidades espacio abierto para el ejercicio de su secreto genio. Por eso, la ciudad española más clara y bien trazada no está en la villa de Ávila, ni en la heterogénea Toledo, sino en las nuevas Popayán, Tunja, Antigua de Guatemala, Panamá, Lima. Los embriones urbanos de la Reconquista, las semillas de los siglos oscuros hallaban en las Indias un suelo y un sol propicio a su deseo secular. Y al amparo de ellos abrieron todos los signos genéricos de su carácter y fijaron en obras diáfanas su voluntad fundamental. [...]No en vano su tablero de damas, en el cual “la cuadra” evoca la disciplina, está inspirado en el antiguo “castro” romano, empresa vigilante de conquistadores imperiales. No en vano concentra su vitalidad en la plaza, magistralmente decorada para el ejercicio de los más altos papeles de la escena: el de los libres hijos de Dios ejercitando la milicia de su vida cotidiana bajo el ritmo de la torre y la voz de la campana. Organizados civilmente, en libertad cristiana, la Casa del Cabildo (consejo o concilio) promete a los vecinos la orgullosa y humilde certeza de su igualdad universal. Y en la plaza el mercado se ofrece a la vez como un estrado suficiente para la grandeza de los menesteres diarios, para el colectivo deliberar, para la presencia eterna y temporal de la grey. [...]La villa española, como el hombre que la habita, es siempre ella misma, autónoma y solitaria, pero su plano, fundamental en todos sus ejemplares. Concilia, como la Iglesia, la autonomía jurisdiccional de los episcopados con la unidad del dogma y de la disciplina. El antiguo sistema provincial de la España americana semeja la oración personal, íntima, de muchos fieles en el mismo templo, la cual, a pesar de su profunda individualidad, es la misma esencialmente en todos los labios. San Cristóbal de la Habana, Santo Domingo, Cartagena de Indias, Santa Fe de Bogotá, Popayán, Tunja, Santiago de Quito, Cuenca, Lima, Potosí, Caracas, Arequipa, Carabobo, Asunción, Charcas, Puebla, Veracruz, Guatemala, Mendoza, Córdoba, La Plata, alzan su nombre, su pendón, su escudo y su provincia, sobre plazas iguales, que repiten la torre, el cabildo, el mercado y la cuadra contra el campo por la inmensa vastedad de un Nuevo Mundo. [...]La torre y la plaza, escrito por Fernando Guillén Foto:Cortesía Este prodigio de humanidad que conserva todas las vehemencias y la temporalidad humanas simultáneamente sin destrucción ni mezcla, alcanza su más alto énfasis y su perfección más apasionada en el cuadro de la Plaza Mayor. [...]La institución más profunda de los pueblos mestizos hispánicos —el cabildo abierto— solamente puede crecer en el recinto cerrado de la plaza, para albergar y guarecer la libertad del común. [...]La plaza encierra, con su torre, el secreto vital, sacramental, de la libertad y la eternidad del hombre ibérico y de sus sociedades, reprimidos en su desarrollo vital por el racionalismo autoritario de Austrias y Borbones y revivificados, nuevos y rebeldes en la tierra virgen y alentadora de América. Los pueblos sin plaza cayeron rápidamente en el gigantismo o en la esclavitud. Enfermaron de poderío o de angustia, como un organismo canceroso, como un obrero en una mina derrumbada. [...]En 1499, la Reina había negado públicamente el derecho de Colón para esclavizar y disponer “de sus vasallos” y mandó pregonar en Sevilla y Granada que, cualquiera que tuviera esclavos indios donados por el Almirante, los devolviera a las Indias so pena de la vida. [...]El cristianismo esencial y aguzado que significa la España isabelina, la España popular, teologal, refranera, conquistadora, no anula el drama histórico, el contrapunto eterno de su circunstancia temporal. Al contrario; crea la vicisitud histórica con fuerza antes no conocida, al proponer a la violencia natural el adversario de la conciencia personal y del libre albedrío moral. Mete la espada del Evangelio entre el incontenible discurrir de la violencia orgánica natural (enantes dueña absoluta del campo en monocorde melodía); pone una cuña de escándalo y de arrepentimiento en medio de su orden determinista; revela el pecado, al condenar la disculpa. Y tal vez por eso los errores de España sobre América no podrán ser olvidados del mundo, porque España no los olvidó ni los excusó nunca, mientras que los crímenes incontables de otros pueblos, justificados por ellos, yacen en el olvido o en la paz. Pasan inadvertidos los crímenes obvios de ingleses, franceses u holandeses en América, que agotaron los expedientes de la brutalidad y esclavizaron hasta exterminarlos a los indios, con un gesto de serenidad impasible, propio de quien no comprende la índole de su propio pecado, de quien con el delito sirve a la fatalidad de lo específico y rinde homenaje a su sociedad. Lo normal de la conquista desde el punto de vista naturalista es la devastación inexorable. Lo insólito es que, quien debe ejecutarla, la contradiga y repudie. Y este es el rasgo genial de la conquista cristiana de los españoles. [...]La torre y la plaza, libo de Fernando Guillén Foto:Cortesía Es cierto que la Colonia comenzó en “La Noche Triste” y en las muertes de Atahualpa, de Cuahutémoc, de Aquiminzaque. Pero terminó en Ayacucho, en una lucha intestina, ya que el hispánico luchó contra sus propios apetitos a lo largo de tres centurias, incubando conscientemente y desarrollando con plena voluntad las formas de justicia, igualdad y libertad que tocaron los clarines del triunfo en las faldas del Condorcarqui el 9 de diciembre de 1824. [...]La vida española en las Indias, adquiere desde el comienzo el carácter de una lucha, insignificante al comienzo, terrible hacia el final, contra el estilo político y social de las monarquías extranjeras predominantes en la Península después de los Reyes Católicos. [...]El espíritu liberal, provincial, familiar y cabildar de la España anterior a Carlos V se refugia en América y reinicia su combate contra el despotismo racionalista de la Corona, hasta mostrarnos en el siglo XVIII el insólito espectáculo de una súper España mestiza, llevada a sus últimas consecuencias morales y políticas, en lucha abierta contra un estado funcionarista de aire francés, despótico y centralista, representado por los virreyes, los cobradores de impuestos y los visitadores, empeñados en derribar el liberalismo de las municipalidades y el progresivo espíritu familiar de las Indias. [...]El momento es la octava década del siglo XVIII; la escena es el Nuevo Reino de Granada; los protagonistas, de una parte, virreyes, oidores y cobradores de impuestos; de la otra, como en las comedias de Lope, capitanes y pueblo. [...]La influencia corruptora del racionalismo francés en el Estado español se encarna por antonomasia en el nombre de Carlos III. Lo que sus ministros se proponen es suplantar las libertades personales y provinciales con el paternalismo tiránico del Estado, alegando el “bien común”. Toda la maquinaria política del Borbón se refiere al cumplimiento de esta finalidad de tan halagüeñas perspectivas socialistas. Sus revolucionarias actividades políticas, entre ellas la expulsión de los jesuitas, son el reflejo de un nacionalismo “soberano”, encargado de hacer la moral y la felicidad supremas de los pueblos y representado por la autoridad incontestable del monarca metropolitano. [...]La peste del francesismo “moderno”, heraldo ruinoso de días peores, se apodera de los resortes vitales de la nación, los paraliza y los enteca. [...]El despotismo borbónico, al querer sustituir la autonomía municipal en las tareas generales de la administración pública, trajo consigo el despilfarro, el arbitrismo y la miseria general. [...]La República recoge esta funesta herencia y otorga al Estado los mismos poderes absolutos que tuviera el Rey de España, en materias morales, políticas, económicas y fiscales. La vida de las provincias se convierte en sus manos en un juego de exacciones estatales respondidas por peticiones locales de mercedes. Los impuestos brutales y desordenados corresponden a la miseria provincial que demanda pequeños privilegios al coloso centralista. Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles Conforme a los criterios de Saber más Temas relacionadosLibrosHistoriaColombia SugerenciasBOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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