Durante décadas, Groenlandia, un territorio semiautónomo de Dinamarca, fue vista como un remoto territorio cubierto de hielo. Pero el renovado interés del presidente estadounidense, Donald Trump, por hacerse con su control ha vuelto a poner el foco sobre un territorio que hoy ocupa un lugar central en la geopolítica mundial.
Su ubicación entre Norteamérica y Europa, las enormes reservas de minerales estratégicos y el potencial de las nuevas rutas marítimas que abrirá el deshielo la han convertido en un activo de enorme valor para grandes potencias, como Estados Unidos, Rusia y China.
Mientras Groenlandia insiste en que 'no está en venta' y reivindica su derecho a la autodeterminación, los aliados europeos de la OTAN han cerrado filas en defensa de la soberanía danesa, conscientes de que una fractura dentro de la Alianza abriría espacio para que Rusia y China amplíen su influencia en el Ártico.
Un territorio de hielo y recursos
Por su proximidad a uno de los polos del planeta, los problemas medioambientales son cada vez más notables, sobre todo en cuanto al deshielo polar acelerado. Los expertos estiman que, si todo este hielo llega a derretirse en Groenlandia, el nivel del mar aumentaría al menos 7 metros.
Aproximadamente un 80 % del territorio de Groenlandia está cubierto por hielo, por lo que sus pocos más de 56.000 habitantes se concentran en el sur de la isla.