Cuando aparecen enfermedades potencialmente graves, la prudencia deja de ser paranoia y empieza a parecer inteligencia básica. El erotismo y el miedo siempre han compartido camarote, y la reciente aparición del virus del Hanta en un crucero lo ha puesto de manifiesto.
La noticia de que varios pasajeros de un crucero fueron afectados por el virus del Hanta ha despertado uno de los grandes talentos de la humanidad moderna: imaginar el apocalipsis apenas se escucha una palabra infecciosa pronunciada con suficiente dramatismo. Bastan algunos casos reportados, una rata sospechosa y un barco lleno de turistas confinados en altamar para que medio planeta empiece a visualizar cuarentenas flotantes, besos bajo vigilancia epidemiológica y romances cancelados por razones sanitarias.
El erotismo y el miedo siempre han compartido camarote.
En este escenario, la columna de Esther Balac invita a reflexionar sobre cómo el miedo a lo desconocido puede transformar nuestras relaciones más íntimas, llevándonos a cuestionar si la prudencia es una forma de inteligencia o una barrera para el amor.