Hubo un tiempo en que Bogotá era una ciudad sin santuarios para la imaginación, un desierto de ladrillos donde el conocimiento parecía un bien reservado para unos pocos o el premio de una odisea diaria. A finales de la década de los noventa, las opciones para perderse entre las páginas de un libro eran escasas y excluyentes.
La Biblioteca Nacional, el centro de documentación más antiguo de la ciudad, imponía un acceso restringido que terminó por consagrarse de manera exclusiva a los investigadores y académicos dotados de un carné especial. Mientras tanto, en el centro de la capital, las afueras de la Biblioteca Luis Ángel Arango se convertían cada tarde en el escenario de una silenciosa resistencia: montones de estudiantes de colegios y universidades desafiaban el frío de la sabana en filas interminables de dos y tres cuadras solo para conseguir un cupo para consultar libros, hacer tareas, disfrutar de las colecciones.
En esa Bogotá no existía Google, los celulares inteligentes eran ciencia ficción, internet era una realidad muy lejana y los libros impresos constituían el único puente real hacia la educación.
El origen de una transformación arquitectónica y social
En medio de esa preocupación por crear espacios para cientos de personas que buscaban tener tranquilidad para disfrutar de los libros, comenzó a proyectarse una transformación arquitectónica y social de Bogotá: la creación de una red pública de bibliotecas que descentralizara la cultura y el saber.
BibloRed cumple 25 años como una de las redes de bibliotecas más importantes de América Latina, que recibe con entre 4 y 5 millones de visitas al año. La Biblioteca Pública Virgilio Barco es uno de sus íconos.
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