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La lupa: las conversaciones pendientes de Laura Anzola

Noticia La lupa: las conversaciones pendientes de Laura AnzolaEstudió Ciencias Políticas, pero su verdadera vocación siempre fue el periodismo. Su podcast se ha...

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Foto: La voz del país

Noticia La lupa: las conversaciones pendientes de Laura AnzolaEstudió Ciencias Políticas, pero su verdadera vocación siempre fue el periodismo. Su podcast se ha convertido en uno de los más escuchados.La Lupa es un podcast donde la intimidad logra una mayor calidad en la conversación. Foto: Archivo particularLink José Manuel AcevedoDIRECTOR DE NOTICIAS RCN31.07.2026 22:30 Actualizado: 31.07.2026 22:30 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles Hay periodistas que persiguen noticias. Otros persiguen personajes. Laura Anzola lleva años persiguiendo conversaciones. No las fáciles ni las previsibles, sino esas capaces de explicar por qué alguien termina siendo quien es.Por eso La Lupa, su podcast, se ha convertido en uno de los formatos de entrevistas más exitosos del país. Pero hay una razón mucho más íntima detrás de esa obsesión. Una conversación que nunca ocurrió terminó marcando su vida y, sin que ella lo supiera al comienzo, también su manera de hacer periodismo.Laura, siempre soñaste con ser periodista, pero terminaste estudiando Ciencia Política. ¿Por qué?Porque hubo una persona que me cambió el camino. Yo desde chiquita siempre quise ser periodista. Nunca pasé por la etapa de querer ser médica o arquitecta. Cuando llegó el momento de escoger carrera fui donde la rectora de mi colegio y le dije: “Quiero estudiar Comunicación”. Ella me respondió: “No. Usted tiene que estudiar Ciencia Política. La comunicación la aprende haciendo, pero primero necesita un fondo”. Hoy se lo agradezco muchísimo. Tenía razón. Aprendí radio, televisión y periodismo trabajando, equivocándome, viendo a otros hacerlo. Pero la manera de entender el país y de aproximarme a los temas me la dio la universidad.¿Cómo fue ese primer salto al periodismo?Todavía estaba estudiando cuando llevé mi hoja de vida a Semana. Estaban creando ‘Semana.com’, que en ese momento era casi una apuesta experimental. Llegué con unas ganas inmensas de aprender y el editor me dijo: “Usted tiene garra. Empieza mañana”. El problema era el horario. Entraba a las tres de la tarde y muchas veces salía a las dos o tres de la mañana. De ahí me iba directo a la universidad. Dormía poquísimo, pero era inmensamente feliz. Fue ahí donde descubrí algo que todavía hoy me mueve: la adrenalina del periodismo. Me gusta trabajar bajo presión. Me gustan las noticias de última hora, la tensión, esa sensación de que todo depende de los siguientes minutos. Ahí siento que doy mi mejor versión.Laura Anzola es politóloga pero siempre tuvo claro que quería ser periodista Foto:Archivo particular Después pasaste por televisión, radio, periodismo digital… ¿Qué dejaron esas salas de redacción?Nunca me desencantaron. Al contrario. Me dejaron una obsesión: buscar la noticia antes que los demás. Eso me pasó con Jeisson, el protagonista del caso de las frambuesas. Me obsesioné porque nadie había logrado entrevistarlo. Vi una fotografía del edificio donde trabajaba y reconocí el lugar. Fui hasta allá, pedí una cita, haciendo hasta lo imposible, y conseguimos la entrevista. Fue emocionante porque después todos los medios retomaron esa conversación. Para un proyecto independiente como La Lupa era una demostración de que sí era posible competir con los grandes medios cuando uno hacía reportería. Eso nunca lo perdí de las redacciones: las ganas de salir a buscar la historia, pero creo que nos estamos adelantando…En efecto. Hablemos de ‘La Lupa’. ¿Dónde y cómo nace?Nace en una época en que ni siquiera existía la palabra podcast. Era una revista digital en video. Yo siempre sentía que al periodismo le hacía falta algo. Conocíamos muy bien al personaje público, pero muy poco a la persona. Siempre quería entender por qué alguien hacía lo que hacía. Qué había detrás de una decisión, de una manera de pensar, de un éxito o incluso de un fracaso. En un noticiero uno tiene muy poco tiempo. En cambio yo quería conversaciones largas, sin afán, donde pudiera comprender realmente al otro. Compré unas cámaras sencillas y empecé a ir sola a las casas de las personas. Lo más bonito es que, siendo tan joven y con tan poca experiencia, muchísima gente me abrió las puertas. Hoy veo esas entrevistas y me parecen muy tiernas. Ahí estaba naciendo todo.Y ahí empezó también esa obsesión por conversar…Totalmente. Cuando uno entiende quién es una persona y por qué hace lo que hace, aparecen respuestas que de otra manera nunca encontraría. Ahí está el verdadero tesoro.¿Sientes que estamos perdiendo esa capacidad de conversar?Muchísimo. Yo creo que conversar es una habilidad. Se enseña, se practica y se defiende. Pero la hemos ido abandonando porque creemos que comunicarnos es lo mismo que conversar. No lo es. Tenemos celulares, redes sociales, mensajes permanentes… y al mismo tiempo estamos cada vez más ausentes. Yo lo descubrí incluso con mis hijas. Ellas empezaron a decirme: “Mamá, ¿dónde estás?”… y yo estaba ahí… pero también estaba respondiendo un mensaje, mirando Instagram o contestando un correo. Es lo que yo llamo una presencia fragmentada. Estás físicamente con alguien, pero mentalmente estás en cinco lugares distintos.Y cuando eso ocurre desaparecen las conversaciones profundas. Pienso incluso que me habré perdido cientos de conversaciones con mis hijas simplemente porque no estaba completamente presente. Vivimos la paradoja de estar más comunicados que nunca y sentirnos más solos que nunca.¿Cuál ha sido la conversación que más ha marcado La Lupa?Jeisson, el mentalista que atendía a Zulma Guzmán, en el caso de las frambuesas envenenadas, sin duda alguna, impactó muchísimo. La entrevista con Claudia Bahamón también fue muy especial porque terminó contando un episodio familiar del que nunca había hablado. Después me escribió para agradecerme porque esa conversación le permitió ponerle voz a algo que llevaba mucho tiempo guardando. Pero la más dura fue la de Daisy, una de las víctimas más visibles del reclutamiento forzado de menores por parte de las Farc. Cuando terminé esa entrevista salí mareada. Lloré muchísimo. Hace poco hablé otra vez con ella y me dijo algo que jamás olvidaré: antes de esa conversación tenía tres mil seguidores; hoy tiene más de sesenta mil y, sobre todo, siente que encontró una voz para contar su historia. Ahí entendí que una entrevista puede cambiarle la vida a alguien.Tus preguntas son profundas, pero nunca agresivas. ¿Cómo logras que la gente se abra así?Porque todos tenemos miedo de ser vulnerables. Yo intento hacerle sentir al otro que justamente ahí está su mayor fortaleza. Cuando alguien entiende que no va a ser juzgado aparece una conversación completamente distinta. Además he descubierto algo hermoso: todos sufrimos por cosas muy parecidas. Todos queremos ser vistos. Todos queremos ser queridos. Todos queremos sentir que pertenecemos. Todos hemos conocido el rechazo, el abandono o la frustración en algún momento. Cuando uno entiende eso deja de entrevistar personajes y empieza a conversar con personas.¿Qué tiene La Lupa que no tengan los cientos de podcasts que aparecen todos los días?Quise construir una identidad muy clara. Una estética que hablara también de quién soy yo. Pero, sobre todo, nunca le tuve miedo a hacer preguntas. Uno puede preguntar cualquier cosa si lo hace desde el respeto. El problema aparece cuando el entrevistador empieza a autocensurarse por miedo. Yo prefiero preguntar.¿Qué les dirías hoy a los políticos que parecen haberle cogido alergia a conversar?Que necesitamos otro tipo de conversaciones. La gente ya está cansada del grito permanente. Quiere cercanía. Quiere autenticidad. Quiere sentir que quien está al frente realmente escucha. Paradójicamente estamos rodeados de herramientas para comunicarnos y, sin embargo, cada vez nos sentimos más solos. Por eso vale la pena insistir incluso en las conversaciones más improbables. Algunas terminan cambiándolo todo.Laura, hemos hablado de tus éxitos. Pero si te pregunto por la mayor barrera de tu vida, ¿qué aparece?Creo que justamente ahí nació La Lupa. Yo nunca tuve una relación con mi papá biológico. Y la conversación más importante que debía tener en mi vida nunca ocurrió. Vivimos muy cerca durante años, pero nunca hablamos. Ese dolor me acompañó durante muchísimo tiempo. Y, curiosamente, terminó convirtiéndose en mi mayor fuerza. Hoy entiendo que, probablemente, si esa ausencia no hubiera existido, yo no estaría haciendo este trabajo. Hace poco volvimos a encontrarnos. Después de tantos años nos sentamos a hablar.Y hubo una frase que necesitaba decirle. Le dije: “Imagínate la vida tan distinta que habríamos tenido tú y yo… y cuánto dolor nos habríamos evitado con una conversación”.Y si se puede saber, ¿qué te respondió?Fue una conversación muy difícil. Pero entendí algo que atraviesa también el libro que estoy escribiendo. Existen silencios maravillosos. Y existen silencios condenatorios. Silencios que duran tanto tiempo que uno termina creyendo que ya no hay forma de romperlos. Pasan diez, veinte o treinta años y el vínculo empieza a deshacerse. Por eso hace falta tanta valentía para sentarse simplemente a decir: “Hablemos”. Alguien tiene que dar ese primer paso. Porque el tiempo, por sí solo, casi nunca arregla las cosas. A veces únicamente las vuelve más difíciles.***El libro de Laura hablará precisamente de eso: de por qué estamos dejando de conversar, de cómo recuperar esas conversaciones profundas y de las historias personales que la llevaron a dedicar su vida a buscarlas. Y quizá esa sea la mejor definición de Laura Anzola. Durante años creyó que estaba entrevistando personas. Con el tiempo descubrió que, en el fondo, llevaba toda una vida intentando responder una sola pregunta: qué habría pasado si aquella conversación con su papá hubiera ocurrido mucho antes.Tal vez nunca lo sabrá, pero gracias a esa ausencia, hoy miles de personas se atreven a decir en La Lupa cosas que jamás habían contado. Y eso demuestra que una buena conversación no borra necesariamente el pasado, pero tal vez baste con que cambie el futuro. Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. 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