En las últimas décadas, la frontera entre la actividad física y la lógica de mercado se ha vuelto casi invisible. Lo que antes era una expansión natural del cuerpo y un espacio de recreación, ha sido colonizado por la lógica productiva. Hoy no “hacemos deporte” sino que más bien “producimos bienestar”. El ejercicio físico se ha transformado en una extensión de la jornada laboral, afectando a la salud física y mental de niños y adultos, y desconectándolos de la esencia misma del movimiento humano: el placer.
El impacto en la infancia: cuando el juego se vuelve trabajo
Un impacto preocupante de esto se observa en la infancia. Tradicionalmente, el juego era un espacio autogestionado, sin más reglas que las que los propios niños establecían y sin más fin que el disfrute. Sin embargo, la obsesión actual por el rendimiento competitivo precoz ha profesionalizado el patio de recreo.
Al registrar datos personales de forma sistemática con aparatos como relojes inteligentes, el ejercicio ha pasado de ser un alivio del estrés a ser una de sus fuentes.
La medición constante de pasos, calorías y frecuencia cardíaca convierte cada sesión de ejercicio en una auditoría personal. Lo que debería ser un momento de desconexión se transforma en una nueva fuente de ansiedad y presión por cumplir objetivos numéricos.