En las últimas décadas, la frontera entre la actividad física y la lógica de mercado se ha vuelto casi invisible. Lo que antes era una expansión natural del cuerpo y un espacio de recreación, ha sido colonizado por la lógica productiva. Hoy no 'hacemos deporte' sino que más bien 'producimos bienestar'. El ejercicio físico se ha transformado en una extensión de la jornada laboral, afectando a la salud física y mental de niños y adultos, y desconectándolos de la esencia misma del movimiento humano: el placer.
El deporte como extensión del trabajo
Al registrar datos personales de forma sistemática con aparatos como relojes inteligentes, el ejercicio ha pasado de ser un alivio del estrés a ser una de sus fuentes. La obsesión por el rendimiento convierte cada entrenamiento en una métrica que evaluar, perdiendo de vista el disfrute y la conexión con el cuerpo.
El impacto en la infancia: juegos que ya no son juegos
Un impacto preocupante de esto se observa en la infancia. Tradicionalmente, el juego era un espacio autogestionado, sin más reglas que las que los propios niños establecían y sin más fin que el disfrute. Sin embargo, la obsesión actual por el rendimiento competitivo precoz ha profesionalizado el patio de recreo, convirtiendo la actividad física en una carga más que en una fuente de alegría.
El ejercicio se ha transformado en una extensión de la jornada laboral, volviéndose una carga y no una cura para la salud.
Los expertos Gonzalo Martín Pérez Arana y Antonio Ribelles García, en un artículo para The Conversation, advierten que esta tendencia desconecta a las personas de la esencia del movimiento humano: el placer. Recuperar el deporte como un espacio de libertad y disfrute es clave para la salud integral.