En los últimos años, América Latina y el Caribe (ALC) han demostrado que el desarrollo se basa cada vez más en los pilares gemelos de la resiliencia y el crecimiento. Pero si bien la región ha mostrado un notable desempeño en la primera, el segundo se ha mantenido obstinadamente lento.
Durante las últimas seis décadas, la región de ALC creció a una tasa anual per cápita promedio de solo el 1,8 %, mientras que Asia emergente creció a más del doble de ese ritmo. En resumen, la región tiene un problema de productividad. A pesar de acumular capital, expandir su fuerza laboral y aumentar los años de escolaridad durante este período, la productividad total de los factores prácticamente no registró crecimiento.
Hay que reconocer que la región ha realizado en gran medida el arduo trabajo de estabilización. La inflación ha disminuido en la mayoría de los países. Los marcos fiscales son más sólidos de lo que eran hace una generación, mientras que la credibilidad macroeconómica se ha construido minuciosamente durante décadas. La pobreza ha disminuido, debido en gran parte a las políticas sociales que la estabilidad fiscal hizo posibles. Para una región con una larga historia de espirales inflacionarias, crisis de deuda, devaluaciones abruptas y ciclos de auge y caída, estos son logros significativos.
Pero la estabilidad es una plataforma, no un destino. El crecimiento es el puente que convierte estas ganancias obtenidas con tanto esfuerzo en mejores niveles de vida. La estabilidad permite la inversión, que impulsa la productividad; y el crecimiento impulsado por la productividad amplía las oportunidades y reduce la pobreza, al tiempo que crea el espacio fiscal que los gobiernos necesitan para aumentar el gasto social e implementar nuevas reformas.
Los gobiernos de la región, que enfrentan altos niveles de deuda y una limitada tolerancia política a una nueva ronda de ajustes, no pueden impulsar el crecimiento mediante el gasto público. Y los bancos multilaterales de desarrollo y los prestamistas bilaterales no pueden cubrir el déficit.
El desafío, entonces, es utilizar la política pública de manera más efectiva para catalizar la inversión privada. Eso significa crear las condiciones para atraer capital a largo plazo: reglas claras, contratos creíbles, infraestructura confiable, previsibilidad regulatoria y un gobierno que pueda abordar las fallas del mercado cuando sea necesario. Con una inversión privada sostenida, las economías de ALC estarán mejor posicionadas para absorber tecnología, generar exportaciones y crear empleos de calidad a gran escala, en otras palabras, para crear un motor de crecimiento.
El alto costo de la falta de competencia
La transición inacabada de la región hacia una base productiva competitiva, a pesar de los marcos macroeconómicos fortalecidos, ha tenido un alto costo. Según un informe de 2025 del BID, si los mercados de productos de la región fueran tan competitivos como los de las economías avanzadas, el PIB sería aproximadamente un 11 % más alto y la desigualdad, un 6 % menor. La competencia débil no es solo una fuente de ineficiencia; es la principal causa del estancamiento de la productividad en A. Latina y el Caribe.
Tres principios para el crecimiento
Abordar esta brecha requiere no solo la adopción de políticas adecuadas, sino también un enfoque holístico: identificar las limitaciones, secuenciar las reformas y alinear la financiación, la regulación, la infraestructura y las instituciones necesarias en torno a un objetivo de crecimiento concreto. Con ese fin, el BID lanzó recientemente LAC Crece, una plataforma que ayuda a los gobiernos de la región a diseñar estrategias de crecimiento basadas en tres principios.
- En primer lugar, no todas las limitaciones son igual de importantes. Algunos países no crecen porque ciertos obstáculos críticos han permanecido sin resolver durante demasiado tiempo. El reto consiste en identificar qué es exactamente lo que frena la inversión en este preciso momento.
- En segundo lugar, la secuencia es crucial: las estrategias de crecimiento exitosas no pretenden cambiarlo todo a la vez. Son selectivas, acumulativas y coherentes.
- Por último, las ventanas de oportunidad rara vez permanecen abiertas por mucho tiempo. Cuando una nueva administración, una coalición reformista, un aumento de la credibilidad o un entorno externo favorable crea una oportunidad para avanzar, la velocidad es crucial.
El crecimiento goza de amplio respaldo, independientemente de las ideologías, ya que ningún gobierno puede financiar su agenda política sin una economía dinámica. Esto sugiere que los países de América Latina y el Caribe harían bien en desarrollar estrategias de crecimiento basadas en limitaciones reales, selectivas en cuanto a prioridades y realistas en cuanto a la capacidad y la ejecución del Estado.
A medida que las cadenas de suministro se reorganizan en torno a la seguridad energética y la resiliencia tecnológica, la región de ALC está mejor posicionada que la mayoría: posee los minerales críticos, la capacidad de producción de alimentos y el potencial de energías renovables que la cambiante economía global demanda.
Los esfuerzos de estabilización han proporcionado a los países de ALC la credibilidad macroeconómica y la capacidad institucional para lograr un crecimiento inclusivo. Ahora necesitan construir el marco estratégico que les permita alcanzar este objetivo.