Aunque el olor propio del cuerpo es natural, su estigmatización actual responde en gran medida a normas sociales e históricas. Durante siglos, bañarse con frecuencia era poco común y el cuidado del aroma humano estaba moldeado por factores de estatus y economía.
Un lujo reservado a unos pocos
Históricamente, el baño frecuente y el uso de fragancias estaban reservados a las élites. Mientras la mayoría de la población convivía con su olor natural, las clases altas accedían a perfumes y hábitos de limpieza que los diferenciaban del resto.
La construcción social del asco
Expertos como Johan Lundström, profesor del Instituto Karolinska, señalan que si bien el olor es un fenómeno biológico influenciado por la genética, la dieta y las bacterias, la actual intolerancia hacia él es, en gran medida, una construcción del condicionamiento social moderno.
La aversión al olor corporal no es instintiva; la hemos aprendido culturalmente.
Una industria que mueve medio billón de dólares
Hoy la higiene personal se ha convertido en un estándar global con una industria valorada en más de medio billón de dólares. Productos como desodorantes, jabones y perfumes son considerados indispensables, perpetuando la norma de que el olor natural debe ser enmascarado o eliminado.
Este cambio refleja cómo las prácticas de cuidado corporal han pasado de ser un privilegio de clase a una exigencia social, moldeando nuestra percepción de lo aceptable y lo rechazable.