En una fría mañana en París, la autora se encuentra en un apartamento vacío de alimentos básicos, rodeada de suplementos para mejorar la mente y preparados para optimizar el cuerpo. La escena refleja una corriente contemporánea que prioriza la función cognitiva y la nutrición eficiente por encima del placer y la experiencia sensorial de comer.
Esta perspectiva, alimentada por influencias tecnológicas y nutricionales, promueve una alimentación simplificada y personalizada, donde la comida se reduce a un conjunto de nutrientes optimizados para cada individuo, eliminando la necesidad de cocinar, comprar o compartir la comida.
“El libro es el receptáculo de la mente superior y la trinchera contra las masas”, cita André Suarès, reflejando una visión aristocrática y elitista del pensamiento que también se manifiesta en esta cultura de la alimentación desmaterializada.
Frente a esta tendencia, el café y el cruasán emergen como símbolos culturales potentes, alimentos que, aunque nutricionalmente innecesarios, representan el placer, la tradición y la experiencia humana compartida en torno a la mesa.
La autora concluye su relato buscando un café abierto en París, reafirmando que estos alimentos son mucho más que combustible para el cuerpo: son artefactos culturales que conectan con la historia, la sociabilidad y el disfrute sensorial, elementos que la tecnología y la nutrición funcional podrían poner en riesgo.