Este 1 de junio se cumplieron nueve años de la suspensión del programa de trasplantes de donante cadáver en Venezuela, una situación que ha puesto en riesgo, especialmente, a niños y niñas por casi una década. La falta de acceso a órganos ha incrementado la mortalidad infantil, sobre todo en las familias más pobres.
Desde 2017, solo se realizan trasplantes de donante vivo en el país, una opción limitada para la población pediátrica, que depende en gran medida de donantes cadáver para acceder a órganos vitales.
El impacto en la comunidad pediátrica
La suspensión del programa ha tenido un impacto devastador en los niños y niñas que esperan un trasplante. Según organizaciones de salud, cientos de menores han fallecido en los últimos años por la imposibilidad de acceder a un órgano compatible.
La falta de trasplantes de donante cadáver ha sido una sentencia de muerte para muchos niños en Venezuela. Las familias más vulnerables son las que más sufren, sin acceso a opciones como los trasplantes de donante vivo que requieren costos y logística que no pueden asumir.
Una deuda que persiste
A pesar de los llamados de la comunidad médica y de las organizaciones internacionales, el gobierno venezolano no ha logrado restablecer el programa de trasplantes de donante cadáver. La crisis económica y la falta de insumos médicos han sido señaladas como las principales causas de esta suspensión que ya se extiende por casi una década.
La deuda con los pacientes que esperan un órgano sigue creciendo, y con ella, el número de vidas perdidas que podrían haberse salvado con un sistema de salud funcional.