Dos muertes en dos días
Hace quince días transitaba por la autopista Norte cuando, para variar, me vi envuelto en un monumental trancón. Nada raro en la autopista. Al aproximarme al sitio del incidente que generaba semejante taco vi lo que por desgracia ya se ha vuelto habitual en nuestras calles y carreteras: un motociclista yacía en la vía. Había chocado de forma violenta contra un vehículo particular. La moto quedó a 200 metros del cuerpo del pobre hombre. Imagínense el impacto. Ocurrió un sábado, antes del mediodía.
Al día siguiente volví a transitar por la misma autopista Norte. Otro trancón. Otra larga espera. Otra víctima. Y de nuevo: un motociclista. Había quedado bajo las ruedas de una tractomula mientras la lluvia se llevaba los hilos de sangre. Increíble: dos vidas tendidas en el pavimento, dos muertes que pudieron evitarse y evitar el sufrimiento de sus familias.
Un invento letal
Estos hechos, con escasas horas de diferencia, me confirmaron algo que vengo pensando desde hace mucho tiempo: la motocicleta es uno de los peores inventos de la humanidad, al lado de las armas de guerra y el cigarrillo.
No estoy en contra per se de las motos, siempre y cuando se empleen para competiciones deportivas o las utilicen personas que en verdad derivan de ellas su sustento.
Porque lo que acá ha hecho carrera es que hay que tener moto por placer, porque es mejor que usar transporte público, porque se va más rápido, porque la puedo adaptar como un taxi improvisado, porque es mejor que el carro, en fin. El que quiere moto siempre encuentra una razón para tenerla.