Explicativo Cuando la sospecha se vuelve costumbre: anatomía de la desconfianza socialVivimos un fenómeno cultural y afectivo moldeado por las redes, y la identidad grupal y los algoritmos distorsionan la percepción de los hechos.La forma en la que la gente invierte el tiempo, en quiénes y qué prioriza ha ido cambiando, apuntando más al aislamiento. Foto: iStockLink Consuelo Martínez Priego – The Conversation04.07.2026 08:01 Actualizado: 04.07.2026 22:01 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles Todos hemos notado que el ambiente ha cambiado en la calle y en la sociedad durante las últimas décadas. No es tan común que los niños vayan solos al colegio —ni que todo el barrio esté pendiente de su recorrido—, que la gente se relacione de forma cercana con quienes habitan su mismo edificio o que hablemos cándidamente con un desconocido. De forma orgánica parecemos estar más a la defensiva.El siglo XXI comenzó con una llamada de atención del sociólogo Zygmunt Bauman: las relaciones interpersonales se han vuelto líquidas. Eso significa que nos cuesta comprometernos, conservar nuestros vínculos personales o ser plenamente generosos en ellos. Y además, en 2026, el mundo parece haberse vuelto más ideológico y polarizado (al estilo de los totalitarismos del siglo XX). En el ámbito social, e incluso familiar, la premisa es, en numerosas ocasiones, la desconfianza.El tránsitoTradicionalmente, la teoría social distinguía entre la confianza institucional y la interpersonal. La primera se quiebra cuando percibimos que las estructuras de poder actúan sin integridad, permitiendo que la corrupción permee las esferas públicas. Por ejemplo, en Europa viven una realidad que peligrosamente se aproxima a ese rechazo a las instituciones, pero todavía están lejos de la desconfianza que pueden provocar algunos regímenes autoritarios que basan sus interacciones con los ciudadanos en un intercambio de intereses por necesidades (como se ve, por ejemplo, en el Brasil de la dictadura retratado en la película El agente secreto).Sin embargo, el fenómeno contemporáneo más alarmante es que este recelo se haya desplazado hacia el plano horizontal. La dinámica social ha hecho que la desconfianza exceda hoy el ámbito político —cuyo máximo exponente es la dinámica de partidos— y mediático —la prevalencia de las fake news— para recaer directamente sobre “el otro”, que aparece como amenaza latente.Este deterioro de la disposición a cooperar con desconocidos o a interpretar al discrepante con buena fe, dificulta los vínculos sociales básicos: la amistad cívica y, en definitiva, la cohesión social. Varios análisis e investigaciones han documentado precisamente cómo la “vida en la mentira” y la delación obligatoria destruyen la psique colectiva. En la actualidad, aunque en la mayoría de los países de Occidente no vivimos bajo sistemas totalitarios, la polarización afectiva genera una dinámica de vigilancia en la que el odio y el miedo predominan sobre el reconocimiento mutuo.Refugiarse en grupoLa desconfianza social es un fenómeno cultural y afectivo alimentado por las redes sociales. La investigación sociológica reciente indica que la identidad grupal y los afectos partidistas distorsionan nuestra percepción de los hechos. Los algoritmos de recomendación refuerzan la pertenencia al grupo propio y favorecen la circulación de contenidos engañosos que validan nuestros sesgos y prejuicios.Desde una perspectiva psicológica, la desconfianza primero, y la polarización extrema después se apoyan en narrativas binarias “nosotros-ellos” que simplifican la complejidad social. Esta clasificación de las personas nos previene ante quien no comparte nuestras etiquetas, un fenómeno que ha penetrado incluso en el ámbito familiar, donde las diferencias obligan al silencio o rompen vínculos primarios. Por otro lado, cuando sustituimos la pregunta sobre la identidad: “¿quién eres?”, por la pregunta del bando, “¿de qué lado estás?”, la vida común se empobrece drásticamente. El otro queda “cosificado”, lo encajonamos en derecha o izquierda, conservador o progresista, ecologista o maltratador, pacifista o beligerante.Confiar es una forma de reconocer al otro como persona y no como un mero portador de intereses o etiquetas. No conviene, sin embargo, confundir confianza con ingenuidad. Confiar requiere pensar, analizar y contrastar las ideas con la realidad. Usar la razón es ser capaz de distinguir. Es cierto también que la confianza interpersonal implica correr riesgos y aceptar una dosis de vulnerabilidad; es decir, exponerse a que el otro no responda según nuestras expectativas. Sin embargo, esta exposición es necesaria para el crecimiento personal, pues la soledad radical es incompatible con la condición humana.El proceso de la desconfianza interpersonal no es irreversible, aunque las soluciones no son de índole técnica, sino profundamente éticas. Luego, la recomposición del tejido social debe abordarse, al menos, desde tres lugares complementarios. Primero, las instituciones. Es necesario contar con reglas estables, rendición de cuentas y una efectiva separación de poderes que garanticen el funcionamiento predecible del sistema. Segundo, el entorno cultural. Debemos ir hacia un modelo que priorice la libertad de expresión y de conciencia evitando que la sospecha sea la norma de juicio previa a cualquier diálogo. Y tecero, la educación. Esta es la vía más eficaz y, a menudo, la más descuidada. Se trata de formar personas con disposición a colaborar siendo ellas mismas confiables, es decir, con virtudes. Educar en la virtud significa enseñar a gobernar una reacción impulsiva, a no tomar por absoluta la primera impresión y a sostener conversaciones exigentes sin que degeneren en enemistad. Así podremos comprender que nadie tiene la verdad absoluta, pero que todos podemos compartir “verdades” que son universales. La virtud educa los sentimientos, confirmando que una vida buena es posible a través del respeto y la justicia. Reconocer al otro como “otro yo” es base de la confianza y la amistad cívica.CONSUELO MARTÍNEZ PRIEGO (*)The Conversation (**)(*) Profesora y codirectora del Centre for Character and Human Growth, Universidad Villanueva.(**) The Conversation es una organización sin ánimo de lucro que busca compartir ideas y conocimientos académicos con el público. Este artículo es reproducido aquí bajo una licencia de Creative Commons. LEA TAMBIÉN Teletrabajo y salud mental: el estudio de Harvard que revela por qué trabajar desde casa aumenta el aislamientoKatherine Bravo