Análisis Análisis | ¿Por qué Colombia sigue fallando en la atención del fenómeno de El Niño?El país insiste en administrarlo como si fueran tres problemas separados: energía, agua y comida; pero, es un solo riesgo que se puede predecir.Durante la sequía por El Niño de 2016, algunos tramos del río Magdalena alcanzaron niveles tan bajos que impedían el paso de embarcaciones. Foto: Óscar Berrocal. Archivo EL TIEMPOLink Aníbal Pérez García - Razón Pública04.07.2026 22:01 Actualizado: 04.07.2026 22:01 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles Entre marzo de 1992 y febrero de 1993, Colombia pasó casi un año con cortes de luz de hasta nueve horas diarias. Treinta y dos años después, entre abril de 2024 y abril de 2025, Bogotá y once municipios vecinos vivieron 12 meses de racionamiento de agua, el primero desde 1984. Dos crisis separadas por tres décadas, con la misma causa de fondo: el fenómeno de El Niño y la sequía que lo acompaña. El país las archivó como episodios distintos —uno de energía, otro de agua—, y ahí empezó el error. Fue la misma sequía sobre dos caras del mismo sistema.Hoy vuelve a empezar. La agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos (NOAA) declaró la vigilancia de El Niño y estima un 82 por ciento de probabilidad de que el fenómeno se prolongue hasta comienzos de 2027; la Organización Meteorológica Mundial coincide y lo proyecta como al menos moderado, posiblemente fuerte; y el 11 de junio, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) declaró que El Niño comenzó en Colombia.A diferencia de casi cualquier otra amenaza, esta se anuncia: el ciclo del Pacífico es predecible con meses de antelación. Es la amenaza más fácil de prever que enfrenta el país, y también la que peor administramos.Un mismo riesgoEn Colombia, El Niño es la fase seca; La Niña, la húmeda. En el número de desastres pesa más La Niña, con sus inundaciones y deslizamientos. El golpe de El Niño es de otra clase: cae al mismo tiempo sobre los tres sistemas que sostienen la vida cotidiana —la energía, el agua potable y la comida— y se traduce de inmediato en precios.La energía es el caso más estudiado, porque dos terceras partes de la electricidad colombiana son hidráulicas. Durante El Niño de 2023-2024, el aporte hidráulico a la generación cayó del 87 al 47 por ciento en un año, los embalses alcanzaron su nivel más bajo en veinticinco años y el gremio de generadores reconoció que el país estuvo a una semana de un apagón. El precio de la energía en bolsa se triplicó y ese sobrecosto terminó en las facturas.La CAR determinó cuáles son los municipios que podrían ser los más afectados en 2026. Foto:CAR El agua potable dejó su huella más visible en la capital. El Sistema Chingaza, que aporta cerca del 70 por ciento del agua de Bogotá, cayó a un mínimo histórico a comienzos de abril de 2024 y forzó un racionamiento de 12 meses para nueve millones de personas. El Ideam había advertido de una disminución de la precipitación en la región Andina desde el año anterior.La seguridad alimentaria es la dimensión que las estadísticas de emergencia subestiman. En 2016, El Niño redujo el rendimiento agrícola en al menos 20 por ciento, según la Sociedad de Agricultores de Colombia; en 2023-2024, el sistema humanitario estimó que cerca de tres millones de personas estaban en alto riesgo, sobre todo por la falta de agua y alimentos. La transmisión de los precios está documentada: en los grandes Niños, la inflación de los alimentos llegó a duplicarse.El costo agregado ya está medido. La Cepal calculó que El Niño de 1997-1998 le costó a Colombia 564 millones de dólares; el Departamento Nacional de Planeación estimó que el de 2015-2016 dejó pérdidas equivalentes a medio punto del producto interno bruto (PIB).Hasta aquí, tres sectores. Pero es un solo sistema. Sin energía no hay bombeo ni agua tratada, sin agua no hay riego ni alimento, y la generación térmica que reemplaza a la hidráulica depende de un gas que también escasea. El Niño no entra por tres puertas distintas: entra por una sola y golpea los tres sistemas a la vez. El Estado, en cambio, sigue respondiendo a través de tres ventanillas separadas.El país sí sabe convertir una crisis en una reforma. El apagón de 1992 obligó a rediseñar el sector eléctrico: de allí nacieron la Comisión de Regulación de Energía y Gas y el cargo por confiabilidad, que durante tres décadas evitaron que la sequía volviera a apagar el país. Pero esa reforma arregló una sola casilla. Blindó la energía y dejó el agua y la comida a su suerte, cada una con su propia institucionalidad, presupuesto y calendario.El fenómeno de El Niño dejó a cerca de 36 millones de colombianos sin energía eléctrica. Foto:Fernando Ariza Romero/ CEET Treinta años después, el resultado está a la vista. Una ciudad de nueve millones de personas sigue dependiendo en cerca del 70 por ciento de un único sistema de embalses. La respuesta alimentaria sigue siendo el subsidio que llega tras la pérdida de cosecha. Y hasta la casilla que sí se reformó se debilita: Colombia dejó de ser autosuficiente en gas en 2024, y el respaldo térmico que hoy compensa la caída hídrica es más caro y escaso que en el último Niño.Por eso, la ventana de pronóstico, un activo de adaptación de bajo costo, se desperdicia puntualmente. “Prender las térmicas desde ya” se ha vuelto un lamento anual, y el racionamiento se decide cuando el embalse ya está crítico. La alerta suena con meses de anticipación para todos; cada sector la atiende por su cuenta.Decisiones clavesLa atención de El Niño admite otra respuesta, y se reduce a dos decisiones.Primera, gobernar el riesgo como un único sistema. Un responsable que vea las tres curvas a la vez —distinto de quien atiende la emergencia del día— y un protocolo común para los meses de El Niño, en lugar de tres o cuatro entidades optimizando cada una su propia casilla. Y, debajo, reducir las dependencias que hoy nos vuelven frágiles: una Bogotá que no dependa de un solo sistema de embalses, una matriz eléctrica menos atada a los regímenes hidrológicos, un campo con riego y aseguramiento de las cosechas. Foto:CAR En segundo lugar, decidir con el pronóstico, no con la emergencia. Que la alerta de El Niño —que llega con meses de antelación— active automáticamente el mantenimiento de embalses, el respaldo térmico, la diversificación de fuentes y los protocolos previstos de antemano, en vez de esperar a que cada sector pida auxilio cuando el embalse ya está crítico. Anticipar cuesta una fracción de lo que cuesta el desastre: el medio punto del PIB de 2015-2016 es la factura que ya pagamos.El Niño no pondrá a prueba los embalses. Pondrá a prueba a un Estado que gestiona la energía, el agua y la comida como si no dependieran unas de otras, aunque la sequía las golpea a la vez. La información llega con meses de anticipación, como siempre. Si el examen vuelve a perderse, no será por falta de aviso. Será porque seguimos respondiéndolo en tres hojas separadas.ANÍBAL PÉREZ GARCÍA (*)Razón Pública (**)(*) Ingeniero civil con maestría en Hidrosistemas y doctorado en Geociencias. Ha sido viceministro de Agua, director del Fondo para la Vida y la Biodiversidad, director de Vivienda y Desarrollo Urbano en Findeter, y líder de programas nacionales de infraestructura y resiliencia. (**) Razón Pública es un centro de pensamiento sin ánimo de lucro que pretende que los mejores analistas tengan más incidencia en la toma de decisiones en Colombia. LEA TAMBIÉN La ONU prevé que El Niño se intensifique con fenómenos extremos: olas de calor, sequías y lluvias torrencialesSofía Gómez