Los recientes terremotos registrados en Venezuela, Perú y México volvieron a recordar una realidad que suele quedar relegada cuando cesan las réplicas: la naturaleza no da avisos previos. Un sismo puede cambiar la vida de millones de personas en cuestión de segundos; una temporada de lluvias inundar poblaciones enteras y una sequía prolongada acabar con el sustento de cientos de familias campesinas.
Frente a esa realidad, expertos coinciden en que existe una diferencia fundamental entre lo inevitable y lo prevenible. Si bien nadie puede impedir que ocurra un terremoto o que llegue un fenómeno climático como El Niño o La Niña, sí es posible reducir sus consecuencias mediante una adecuada gestión del riesgo, mejores prácticas de prevención y mecanismos que permitan acelerar la recuperación económica cuando el desastre ya ocurrió.
La prevención como principal defensa
Fortalecer la resiliencia implica que hogares, empresas y sectores productivos desarrollen planes de preparación antes de que ocurra una emergencia. Esto incluye desde la identificación de rutas de evacuación y puntos seguros, hasta la inversión en infraestructura resistente y la capacitación en primeros auxilios.
El aseguramiento gana terreno
Además de la prevención física, el aseguramiento se ha convertido en una herramienta clave para proteger viviendas, empresas, cultivos y el patrimonio de las personas. Las pólizas contra desastres naturales permiten una recuperación más rápida y menos traumática, aliviando la carga financiera que deja un sismo, inundación o sequía.
La naturaleza no da avisos previos, pero la preparación sí puede marcar la diferencia entre la pérdida total y la recuperación.
El artículo fue publicado originalmente por Carlos Arturo García Mahecha, periodista económico, el 22 de julio de 2026.