Compartir Enlace copiado Foto:Mauricio Moreno. El Tiempo.ContenidoNoticia InvestigaciónDe niña fue secuestrada y desplazada, de adulta regresó a las zonas rojas para buscar las minas antipersonal que la guerra deja enterradasLos artefactos explosivos han dejado 12.716 víctimas en Colombia. Dewadhy Zuliem Melo recorrió Caquetá y Nariño para ayudar a retirar sus huellas.Tatiana Moreno Quintero11 de agosto 2026, 01:07 A.M. Actualizado:11.08.2026 01:09Compartir Enlace copiado Foto:Mauricio Moreno. El Tiempo.ContenidoCierra los ojos y aparece la primera imagen: campesinos amontonados. Vuelve a parpadear: hombres armados. Los cierra una vez más: pupitres y tableros cubiertos de tiza. Cada vez que Dewadhy Zuliem Melo baja los párpados, la memoria le devuelve un borroso fragmento del secuestro que vivió a sus cuatro años de edad en la vereda La Esperanza, ubicada en el municipio de San José del Fragua (Caquetá).“En el año 2003 estuvimos secuestrados con toda mi familia. Tengo presente algunas imágenes, pero hay ciertas cosas que mi subconsciente trata de evadir”, afirmó Melo de 26 años de edad. A más de dos décadas del capítulo que irrumpió su infancia, algunos episodios de la violencia en su territorio permanecen difusos, como si parte de su memoria hubiera desaparecido para protegerla.Dewadhy Zuliem Melo en su infancia.Foto:Cortesía. Su secuestro se dio en medio de la ruptura de los diálogos de paz del Caguán, en un escenario donde los civiles quedaron en medio de la disputa territorial entre las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). Según la Vicepresidencia de la República, esta región ha sido un punto estratégico para ambos grupos ilegales y ahora lo sigue siendo para estructuras armadas como las disidencias, no solo por el negocio del narcotráfico, la extensión de los cultivos de coca y su infraestructura de procesamiento, sino también porque estas estructuras ejercían control social sobre la población.Víctimas de la violencia, Zuliem, su madre y su hermana menor fueron desplazadas forzosamente de su hogar. Llegaron a un pueblo cercano y, mientras su madre trabajaba para sostenerlas, las dos niñas iban pasando de una casa de sus tías a otra.Los diplomas se fueron acumulando hasta que llegó el último: el de bachiller. Después de graduarse, continuar estudiando no era una posibilidad sencilla. En casa, el dinero alcanzaba apenas para lo necesario, por eso su madre la impulsaba a buscar un trabajo que le permitiera aportar al hogar y, al mismo tiempo, encontrar una forma de seguir su camino profesional.El 'boom' del desminadoEl camino hacia San José del Fragua se abre entre dos montañas cubiertas de árboles verde oscuro, como si la vegetación se hubiera apartado para dejar pasar al río. Por allí comenzaron a llegar grupos de cooperación internacional para despejar las minas antipersonal que permanecían enterradas en el territorio. Era el inicio de lo que en el gremio llamarían el 'boom del desminado', después de la firma del Acuerdo de Paz de 2016.En el cálido y húmedo clima del municipio varios civiles se prepararon para trabajar desactivando minas antipersonal, artefactos explosivos que han quitado la vida de 12.716 personas en Colombia desde 1990 hasta la fecha. Jorge, un amigo de Zuliem, fue de los primeros en hacer parte de estos equipos y quien la introdujo en la labor de desminado.Cuando conoció la posibilidad de trabajar en el desminado, su madre fue la primera en respaldarla. El oficio implicaba que cada jornada entrara a terrenos donde un paso en falso podía costarle la vida. Sin embargo, el desminado humanitario se convertiría, durante los siguientes años, en el impulso para cumplir el sueño que tenía: ser una ingeniera ambiental profesional.Zuliem, saliendo de un ejercicio de desminado, tras lo que parecía una amenaza en territorio.Foto:Mauricio Moreno. El Tiempo. ‘El sueño es encontrarse una mina’Aprobó la prueba y fue enviada al campamento Alto de la Cruz, en el mismo municipio del Caquetá donde nació. Cada mañana, antes de entrar al terreno, los desminadores preparaban sus equipos y emprendían el camino hacia la zona que les correspondía. Detectores, estacas, herramientas, visores, chalecos y morrales eran revisados antes de salir.Antes de que el detector rozara la tierra, había una cadena de preguntas que sus superiores le hacían para determinar si estaba en condiciones de enfrentar el resto del día: ¿Cómo se siente? ¿Le duele algo? ¿Está en condiciones de subir? Una respuesta bastaba para quedarse abajo. Nadie entraba al área si el cuerpo no respondía.Superado ese filtro, el jefe de equipo hacía una última revisión. Recorría con la mirada cada pieza y, solo cuando todo estaba en orden, señalaba a cada integrante la franja que debía despejar, delimitada por estacas rojas. Desde ese momento, cada desminador quedaba solo frente al terreno que le correspondía. Zuliem mientras prepara su equipo para un ejercicio de desminado.Foto:Mauricio Moreno. El Tiempo.Allí comenzaba la jornada de Zuliem. Con apenas 1,47 metros de estatura y 44 kilos de peso, avanzaba de rodillas, retirando rama por rama y pasto por pasto hasta despejar el terreno. Sobre la espalda cargaba un morral de 23 kilos, de casi un metro de largo, y en el pecho llevaba un chaleco. El sudor le corría por el rostro y terminaba contra la careta de protección, calentada por el sol.El trabajo se hacía en intervalos de 45 minutos, seguidos por 15 de descanso. Hacia la 1:30 de la tarde llegaba la orden de terminar. Antes de abandonar el terreno, limpiaban las herramientas y emprendían el regreso por el mismo camino de la mañana, esta vez con el peso acumulado en las piernas.“Ahí fue donde empecé a hacer la excavación completa. Yo apenas hice un metro y una persona con experiencia podía despejar entre siete y diez metros en un día. Arrodillada pensaba: ‘Será que esto sí es para mí’ y miraba toda la montaña sin poder creer que había que desminarlo todo manualmente con una tijerita. Eso es muchísimo trabajo. Pero al mismo tiempo decía: 'Dios mío, qué chévere estar haciendo esto. Algún día voy a tener una historia para contarles a mis hijos', recordó Zuliem.Dos artefactos explosivos fueron encontrados en esa zona. Uno por un compañero de la joven mientras ella laboraba en otra área de esa montaña. El otro fue unos meses después de que ella se convirtió en supervisora de despeje. Foto:Mauricio Moreno. El Tiempo.ContenidoPor ese entonces, recuerda Zuliem, faltaban apenas 15 metros para terminar el área asignada. Todo indicaba que la jornada concluiría sin nuevos hallazgos. Entonces sonó la radio.—Jefe, suba un momentico— dijo el desminador.Zuliem reconoció el tono de inmediato. Algo había ocurrido. Subió hasta el carril donde un compañero esperaba inmóvil. Siguió el protocolo de verificación y confirmó la señal. Sí, era un artefacto explosivo. No sintió miedo. Lo primero fue la sorpresa. "Ya uno tenía la planeación hecha. Era el último día y donde menos pensaba apareció un artefacto", recordó.En su memoria aún reposa el momento en el que la tierra apenas dejaba ver un triángulo de metal atravesado por cables. Había quedado incrustado en la inclinación de la loma. No estaba tendido sobre una superficie plana: permanecía de pie, aferrado a la pendiente. "Yo dije: 'Uy, Dios mío... más trabajo'. Fue eso. Sorpresa. No fue miedo", indicó la joven. El hecho ocurrió en un territorio donde, según recuerda, el conflicto era complejo y dinámico. “Un día se sabe y al otro no. En el desminado humanitario no tenemos ni voz ni voto, solo estamos para ayudar”, indicó. “Es muy complicado y nos afecta a todos, porque nosotros estamos luchando por desactivar, eliminar todos esos artefactos. Hoy desactivamos 30 y mañana hay 1000”, aseguró la desminadora. Dos operaciones y una renunciaLos aviones se volvieron parte de la rutina de Zuliem. Cada 45 días dejaba Caquetá y emprendía un nuevo viaje para continuar con el desminado en otro territorio. Así pasó varios años, hasta que llegó a Tumaco, Nariño, como parte del Consejo Danés para Refugiados.Una casa blanca se convirtió entonces en su lugar de llegada. Allí vivía por temporadas con otras cuatro mujeres dedicadas al desminado humanitario. En el patio quedaban los vehículos del programa y, al día siguiente, comenzaba de nuevo el recorrido hacia las veredas donde comunidades afrocolombianas e indígenas seguían caminando entre las “quiebrapatas”, las amenazas que la guerra había dejado enterradas.Desde esa casa partía para supervisar las operaciones de despeje del Consejo Danés para Refugiados. Al regresar, los vehículos del desminado quedaban estacionados en el patio. Entre los dos camiones marcados con el emblema de Desminado Humanitario, Zuliem hablaba menos de explosivos que del futuro.Reconocimiento ante la OACP por excelencia operacional y contribución en el logro de las metas del plan del desarrollo 2018-2022Foto:Cortesía "No sé, dentro de mí siento que estoy para dar más. No me quiero conformar. Me veo siendo un punto clave para ayudar a la comunidad. Me gusta mucho el tema humanitario, ayudar, contribuir de alguna u otra manera", dijo.No imaginaba ese futuro lejos del terreno. "Me gustaría verme como un Marcelo, el gerente de operaciones del programa de Acción contra Minas Colombia del CDR. Quiero generar empleo, atraer proyectos y demostrar que nosotras, como mujeres, también podemos. Me encantaría ver un equipo conformado solo por mujeres, haciéndole berraca. No importa si tienen hijos, si tienen esposo o lo que sea. Nosotras podemos", comentó Zuliem. El trayecto en avión se repitió una y otra vez hasta que el cuerpo empezó a imponer otro ritmo. Primero llegaron dos cirugías, una en los riñones y otra por una hernia. El trabajo dejó de medirse en los metros despejados y empezó a sentirse en el desgaste. Entonces decidió cerrar ese capítulo y renunció.Regresó a los salones de clase. Mientras cursa una especialización, busca un nuevo trabajo. El desminado quedó atrás, pero no la idea que había repetido entre los camiones, al final de cada jornada en Tumaco: encontrar la manera de seguir ayudando a las comunidades.TATIANA MORENO QUINTEROENVIADA ESPECIAL DE EL TIEMPO A TUMACO (NARIÑO)*Esta historia hace parte de un especial multimedia de EL TIEMPO. Conforme a los criterios de MÁS INFORMACIÓN