Sergio Ocampo Madrid lleva más de quince años construyendo, cuento a cuento, una de las obras más consistentes de la narrativa breve colombiana. Desde 'A Larissa no le gustaban los escargots' (2009) hasta hoy, el periodista y escritor antioqueño ha apostado por un género que las editoriales miran con desconfianza y que, según él mismo reconoce, los propios cuentistas no han sabido renovar del todo. Con 'Los invisibles', su más reciente libro, Ocampo lleva esa apuesta a un territorio que le es propio: lo que no se ve, lo que deja de verse, lo que nadie quiere mirar.
Un viaje por los márgenes íntimos de la existencia
El volumen reúne historias que van del abandono romántico a la demencia senil, del lector fantasma al espejo que acude al psicoanálisis porque nadie lo ve de verdad. No es la invisibilidad del conflicto armado ni la del desplazado —aunque esa tentación estuvo, confiesa—, sino la de los márgenes más íntimos y caprichosos de la existencia: el hombre que envejece y siente que el mundo lo atraviesa, la mujer que ama en silencio desde la fila diez de un auditorio durante diecinueve años, el personaje que al final ni siquiera sabe si existe.
Coordinador del Taller de Cuento del Fondo de Cultura Económica y colaborador de medios como EL TIEMPO, El Colombiano y El Heraldo, Ocampo habla con la precisión del periodista y la libertad del fabulador. En esta conversación explica por qué el cuento es el género más difícil —y quizás el más libre— de todos, y adelanta que ya tiene una nueva novela en marcha, aunque de ella, por ahora, no quiere decir nada.
La invisibilidad como conquista y como aspiración
La invisibilidad no se encuentra solo en los márgenes. Escribiendo este libro, y luego de ponerles punto final a varios cuentos en los que la invisibilidad sí es sinónimo de olvido, de abandono, de negación, comencé a explorarla como conquista, como aspiración, para terminar encontrando que también puede ser un dispositivo de la intimidad, y hasta del azar.
Los hilos invisibles que conectan las historias
El libro reúne historias tan distintas como un abandono romántico, un lector al que se sigue esperando y un nombre que cae en el olvido. Todos tienen que ver con lo que no se ve, con lo que deja de verse, o con lo que no se quiere ver: el hombre que se despide de su casa paterna porque la va a vender, la observa ahora vacía y se detiene ante los contornos sombreados y geométricos que dejaron los cuadros, sutiles, y con el vacío infinito en el centro; la pareja que solo se encuentra al final del cuento, aunque él y ella han coincidido varias veces en los mismos espacios por años, sin reparar el uno en el otro; el escritor que escribe y publica y nadie habla de su obra, no hay crítica, no hay reseñas, no hay invitaciones a ferias literarias; el anciano que empieza a desdibujarse a sí mismo por la demencia senil; el exhombre exitoso que siente que los demás han dejado de verlo y arma teorías hasta descubrir con amargura que la explicación es simplemente vejez.