Seguridad

Las madrugadas detrás del título profesional de un sargento del Ejército

El sargento primero Robinson Jaramillo López logró su título profesional tras años de estudio nocturno y fines de semana dedicados a la academia, sin descuidar sus deberes militares.

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Foto: La voz del país

Cuando la jornada militar terminaba, para el sargento primero Robinson Jaramillo López comenzaba otra. Después de cumplir con sus responsabilidades en el Ejército, regresaba a casa, compartía unos minutos con su esposa y encendía el computador para estudiar. Las horas avanzaban entre lecturas, trabajos y evaluaciones hasta bien entrada la madrugada. Al día siguiente, antes de que amaneciera, volvía a ponerse el uniforme para iniciar una nueva jornada de servicio.

Durante varios años, esa rutina marcó sus días, con casi 25 años de carrera militar, el suboficial oriundo de Pereira, Risaralda, perseguía una meta que había acompañado buena parte de su trayectoria: convertirse en profesional. Aunque acumulaba experiencia en distintas áreas del Ejército, estaba convencido de que la formación académica podía complementar el conocimiento adquirido durante años de servicio.

A lo largo de su carrera participó en proyectos relacionados con el fortalecimiento de las capacidades de la Fuerza. Uno de ellos fue la incorporación de los vehículos blindados LAV III 8x8. También se formó como técnico en mantenimiento de motores diésel mediante un programa desarrollado con el Sena, donde obtuvo el primer puesto de su promoción. Ese resultado le abrió la puerta para especializarse en Canadá en esa plataforma militar.

Sin embargo, el objetivo de obtener un título profesional seguía pendiente. La oportunidad llegó cuando la Escuela de Logística del Ejército Nacional abrió un programa dirigido a los suboficiales. Robinson aceptó el desafío, consciente de que regresar a las aulas después de varios años suponía enfrentar nuevamente clases, parciales, trabajos y exposiciones, sin dejar de cumplir las obligaciones propias del servicio.

La parte más exigente no estuvo en las materias ni en los exámenes, sino en encontrar tiempo para cumplir con todo. Las responsabilidades militares continuaron ocupando gran parte de sus días, mientras la universidad se instalaba en las noches y los fines de semana. El descanso quedó relegado por temporadas y cada espacio libre se convirtió en una oportunidad para avanzar en las actividades académicas.

En ese proceso contó con el respaldo de su familia, especialmente de su esposa, María Isabel, quien acompañó cada etapa del camino. Mientras él estudiaba hasta la madrugada, ella entendió que las dinámicas del hogar tendrían que adaptarse a un nuevo ritmo. Los encuentros familiares se hicieron más cortos, algunos planes fueron reemplazados por trabajos universitarios y la paciencia se convirtió en una forma de apoyo permanente.

Él siempre soñó con ser profesional. Verlo llegar después de una jornada de trabajo, compartir un momento con nosotros y luego quedarse estudiando hasta la madrugada no fue fácil, pero entendimos que ese esfuerzo también hacía parte de nuestro proyecto de vida. Hoy sabemos que cada sacrificio valió la pena.

Cuando llegó el día de la graduación, Robinson cruzó la tarima para recibir el diploma que había buscado durante años. El acto duró apenas unos segundos, pero detrás de ese momento había jornadas de estudio, madrugadas frente al computador y el esfuerzo de mantener el equilibrio entre la vida académica y la militar. Para María Isabel, la ceremonia también representó la culminación de un proceso compartido.

Hoy me siento la mujer más orgullosa del mundo porque él nunca dejó de luchar por ese sueño.

La historia del sargento primero refleja la de otros 30 suboficiales que recibieron su título profesional durante la ceremonia realizada en la Escuela de Logística. Algunos comenzaron sus estudios al iniciar su carrera militar y otros decidieron hacerlo después de años de servicio, impulsados por el deseo de ampliar sus conocimientos.

La voz del país

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