La historia del entrenador argentino que guía el destino y la pasión de todo un país con su equipo nacional. Néstor Lorenzo llegó un día a Colombia como una sombra consejera. Caminaba detrás de José Pékerman, como su fiel escudero, armado de un tablero de apuntes tácticos. Un día Pékerman se fue de la Selección, tras llevarla a dos mundiales, y Lorenzo se preparó para asumir su condición de primero al mando. Salió a la luz para ponerles el pecho a los azares y las tormentas de un equipo nacional, y como quería seguir el legado de su maestro, lo clasificó al Mundial de Norteamérica. El resto de la historia está por contarse.
De la sombra al centro del escenario
Lorenzo, de 60 años, es tan argentino como el tango o el mate, pero lleva tanto tiempo en Colombia que ya parece un digno representante de la cumbia y la bandeja paisa. Cuando fue designado como el DT de la Selección ya era un nombre conocido, pero no el candidato más unánime. El país se había acostumbrado a verlo como el hombre que le hablaba al oído a Pékerman, no como el encargado principal de dirigir las pasiones de la afición. Con una experiencia casi nula como DT, su prestigio se lo ganó como un defensa central que jugó la final del Mundial del 90 con Argentina, y luego como asistente técnico de José en la selección sub-20 y luego en el Mundial de Alemania 2006. Además fue ayudante técnico en el Leganés de España, y en Toluca y Tigres de México.
Por esos días de 2022, cuando hacía sus primeros pinos como DT con Melgar del Perú, le llegó la oferta de Colombia. Oferta que no iba a rechazar. Conocía el país, su gente y, sobre todo, conocía a los jugadores y ellos lo conocían a él. Al llegar le encomendaron el desafío normal: “Hay que ir al Mundial”. Luego de la ausencia en Catar 2022, el país no estaba preparado para sufrir otra tragedia futbolística. Lorenzo, sin esquivar la presión, dio en su primera rueda de prensa las claves de su filosofía: “Respetar el buen juego, tener mentalidad ganadora, salir a ganar...”.
Un equipo armado alrededor de sus figuras
Lorenzo armó su equipo alrededor de James y Luis Díaz, para confirmar eso de que uno va a la guerra con sus mejores soldados. Encaró una eliminatoria que tuvo más turbulencia de la que se esperaba, en una zona que parecía sencilla porque clasificaban seis directos. El equipo de Lorenzo, que fue tercero detrás de Argentina y Ecuador, tuvo sus momentos estelares en ese camino, como cuando les ganó los amistosos a Alemania 2-0 y a España 1-0, o a Brasil y Argentina en la eliminatoria. En 2024 incluso llegó a la final de la Copa América, que perdió contra Argentina 1-0. No ganó, pero el equipo demostró que quiere dejar de pensar en buenos partidos para empezar a llevar algo a las vitrinas de la Federación de Fútbol. “Estoy dando todo para hacer el mejor Mundial que podamos”, dijo Néstor hace poco, para demostrar que a la cita orbital no se va con miedo por adelantado.
Estoy dando todo para hacer el mejor Mundial que podamos.
El hombre de las cábalas y la fe
Néstor Lorenzo se muestra en público como un hombre serio, tranquilo, de eventuales risas, poco exultante, a veces parece enojado —o está enojado—, pero es de hablar suave, como si todo el tiempo aconsejara. Con los aficionados comparte, habla con ellos, se toma fotos. Se ha ganado su estatus de personaje nacional: admirado por unos y criticado por otros. Son los riesgos del cargo. Su mayor extravagancia hasta ahora ha sido desafiar las tendencias de la moda para usar durante casi toda la eliminatoria una camisa vinotinto con rayas negras, que fue interpretada como un signo cabalístico inobjetable. El día que Lorenzo no tenía la camisa, o cuando dejó de usarla, hasta los más optimistas se confundieron y dudaron de la victoria.
Alguna vez combinó la camisa con unas llamativas gafas de sol que ocultaron su mirada, pero no cegaron sus conceptos en la cancha. Su manera de lucir en la cancha ha sido su mayor irreverencia. Lorenzo, el mismo que un día aclaró, por si las dudas, que tenía dos o tres camisas iguales, no aceptó que fuera un hombre de cábalas, más bien se declaró un hombre creyente y, sobre todo, mariano. El DT que se angustiaba cuando sus delanteros fallaban los goles frente al arco optó por pedir la intervención divina. Parece que al final le funcionó. “Quiero agradecer a la Virgen de Luján, a la Virgen de Chapi, a la Virgen de Monserrat y a la Virgen de Chiquinquirá...”, dijo un día, aliviado por la ayuda celestial. Antes de irse para el Mundial, se supo que Lorenzo también buscó guías espirituales en la Sierra Nevada de Santa Marta. Para ir a un Mundial, toda ayuda es válida.
El temple de un defensor central
El cargo de entrenador existe para que alguien tome las decisiones, para que sirva de pararrayos, para ser odiado en la derrota e ignorado en la victoria. Hay que tener temple de acero para meterse en ese lío. Para alguien que fue defensor central, los ataques frontales no minaron su carácter. A Lorenzo le han criticado los partidos malos y los muy malos, algunas decisiones confusas, algunas victorias sin brillo.