Un restaurante que no busca impresionar
Fui a comer a un restaurante italiano clásico de Bogotá y recordé por qué hay mesas a las que uno vuelve. No era solamente hospitalidad. Era familiaridad. Entrar y entender el lugar de inmediato. La comida, el servicio, el ambiente. Sentarse y pasarla bien.
La sobriedad como virtud
El restaurante era sobrio, cómodo. Nada estaba diseñado para impresionar. No había teatralidad, diseño, ni sobreactuación. Salí pensando en lo bien que se siente volver a los sitios donde se amó la vida, como dice la canción.
Un restaurante no se recuerda solo por su comida, sino también por las personas con las que se compartió y por la sensación de pasar un buen rato.
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