Don Arcesio Vélez Garzón, economista pensionado de 78 años, es el cliente más antiguo del Café Pasaje, un lugar que frecuenta desde hace 60 años y donde disfruta su tinto al estilo tradicional: en pocillo de loza con cuchara de peltre y azúcar al gusto.
Fundado en 1936 en la plazoleta del Rosario, el Café Pasaje es el único establecimiento sobreviviente de la época en que el centro de Bogotá estaba repleto de cafés que eran punto de encuentro para literatos, políticos, periodistas, artistas y diversos personajes de la ciudad.
Su nombre proviene de un pasaje peatonal que conectaba la avenida Jiménez con la calle 14 y que separaba los módulos gemelos del edificio Santa Fe, hoy demolido para dar paso a la plazoleta del Rosario, donde el Pasaje y su vecino, el Café La Plazuela, continúan su legado.
Un espacio de historia y memoria social
El Café Pasaje fue escenario de importantes episodios políticos y sociales. En 1948, la mesera Bertha Morales salió apresuradamente con un vaso de agua para socorrer al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán tras ser herido, hecho que desencadenó El Bogotazo, un hito en la historia nacional.
Durante décadas, el café fue punto de encuentro para presidentes como Carlos Lleras Restrepo, escritores, periodistas y figuras culturales como Otto Morales Benítez, Germán Arciniegas y León de Greiff, quienes enriquecieron el ambiente con debates y creaciones literarias.
El pulso de una Bogotá en transformación
Don Arcesio recuerda con nostalgia el sonido de las antiguas grecas al vapor, el bullicio de voceadores, el tecleo de las máquinas de escribir y el aroma a betún de los lustrabotas, imágenes que hoy evocan un Bogotá que ha cambiado profundamente.
El Café Pasaje también fue escenario de la fundación del Club Deportivo Independiente Santa Fe en 1941, y un lugar donde aficionados a la hípica seguían las carreras en radios a tubos, consolidando así su papel en la cultura popular.
Tras la pandemia, el café enfrentó desafíos por la inseguridad y el abandono del sector, pero sus actuales propietarios, Álvaro y José David Vásquez, mantienen viva la tradición y luchan por preservar este patrimonio cultural.
Un refugio de bohemia y arte
El Café Pasaje ha sido locación para películas, series y comerciales, y sus noches solían prolongarse con música y serenatas, reflejando la bohemia del centro histórico de Bogotá hasta altas horas de la madrugada.
“Mientras concluye el gesto de un hombre que lleva de la mesa a la boca su pocillo, cruza la eternidad, el mundo cambia de estaciones, pasan las guerras y el hombre no termina el ademán que funde sus labios en la taza de café.” — Juan Manuel Roca
Así, el Café Pasaje continúa siendo un símbolo vivo de la identidad bogotana, un espacio donde el pasado y el presente se entrelazan en cada sorbo de tinto y en cada encuentro entre sus paredes centenarias.