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Economía & Cultura | La bienal que rompió el cubo blanco

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Foto: La voz del país

Noticia Economía & Cultura | La bienal que rompió el cubo blancoLa Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín, realizada en 2025 después de más de cuatro décadas no podía ser una repetición.El artista japonés Azuma Makoto visitó por primera vez Colombia en 2025 y convirtió la iglesia Nuestra Señora de los Dolores, en El Retiro (Oriente antioqueño), en un jardín efímero. Foto: JAIVER NIETOLink Lucrecia Piedrahita (*)29.03.2026 21:43 Actualizado: 29.03.2026 21:43 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles Camino lentamente entre los pabellones patrimoniales del antiguo edificio del Ferrocarril de Antioquia, cerrado al público durante más de cuarenta años. Los ladrillos, gastados por el tiempo, conservan una memoria que no se impone: se deja leer. Entre ellos, la vegetación ha crecido con una insistencia silenciosa, hasta volverse también arquitectura. Es un territorio que respira. Allí, en ese espesor de historia y materia, la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín, realizada en noviembre y diciembre de 2025, toma forma.Más de Economía & CulturaBajo la cúpula celesteLa economía de la proporción: del número áureo al valor culturalEl lobby es el nuevo museoLa inteligencia artificial no reemplazará la sensibilidadLucrecia Piedrahita Foto:Cortesía AusenciaFui su curadora. Y desde ese lugar, la intención fue clara: después de más de cuatro décadas de ausencia, no se trataba de reabrir una bienal, sino de romper su forma: hacer trizas el cubo blanco y desplazar la mirada. No se trataba de organizar una exposición, sino de construir una experiencia capaz de habitar el territorio de Medellín y de Antioquia, de enseñar a mirar el mundo con otros ojos. La Bienal fue organizada por la Gobernación de Antioquia, a través del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, con el apoyo de la Alcaldía de Medellín, el Parque de Artes y Oficios de Bello y la firma Arquitectura y Concreto —que facilitó el edificio de Coltabaco—, junto a las universidades, la empresa privada, diversas embajadas, el Museo de Antioquia y el Distrito Creativo El Perpetuo Socorro. Más que una suma de instituciones, fue una convergencia de voluntades alrededor de una idea: hacer del arte una experiencia compartida. Lo que sucede en ese espacio no es únicamente una exposición. Es la evidencia de un cambio más profundo: la cultura ya no se produce solo en objetos, sino en experiencias capaces de transformar la percepción. Y esa transformación, aunque intangible, tiene un valor económico real.Jorge Aristizábal, artista invitado a la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín 2025 Foto:BIA VisibilidadEn uno de los pabellones, Ibrahim Mahama trabaja con materiales encontrados, con superficies atravesadas por el uso, el tiempo y la circulación global de mercancías. Sus ensamblajes no buscan ocultar el desgaste, sino hacerlo visible. En ellos, el pasado es una textura. La obra se atraviesa. Y en ese tránsito, el espectador comprende que desarrollo, educación y tecnología no son abstracciones, sino sistemas inscritos en la materia misma.En otro pabellón, las 25.000 esferas cerámicas de Jorge Julián Aristizabal cubren el suelo hasta hacerlo desaparecer. La mirada no encuentra un punto fijo. Todo vibra en una continuidad cromática que obliga al cuerpo a desacelerar. No hay un objeto central. Lo que se activa es una atmósfera. El visitante ya no observa una obra: entra en ella. Y en ese gesto, la percepción se convierte en el verdadero contenido.Más adelante, la obra de Carolina Borrero aparece como una estructura cubierta por una piel orgánica, hecha de capas vegetales casi imperceptibles, que filtra la luz con una fragilidad inquietante. El espacio parece respirar. La materia, lejos de afirmarse, parece desvanecerse frente a los ojos. La obra no habla del tiempo: lo encarna. Y al hacerlo, desplaza la experiencia del espectador hacia un estado de atención que rara vez ocurre en la vida cotidiana.En uno de los grandes pabellones de Coltabaco, María Elvira Escallón instala, o más precisamente, dibuja en el espacio, la frase Polvo eres. La inscripción no se posa sobre el muro: lo atraviesa, lo descompone. El lenguaje se vuelve materia. La palabra se vuelve escultura, espacio y territorio. A medida que el muro es intervenido, sus capas internas quedan expuestas y el polvo cae, se acumula, permanece. No como residuo, sino como evidencia. Allí, la obra no representa el paso del tiempo: lo hace visible. Nos recuerda que todo —el cuerpo, la arquitectura, la historia— está destinado a disolverse, y que en esa disolución se inscribe también la memoria.En un pequeño pueblo de Antioquia, Azuma Makoto cubre con miles de bromelias la fachada de una iglesia colonial. Es el municipio de El Retiro. La arquitectura se transforma en un cuerpo vivo. La escena no es monumental en el sentido tradicional; es una suspensión del tiempo. La naturaleza no aparece como paisaje, sino como presencia. Y en esa presencia, lo efímero adquiere una dimensión de permanencia.Ibrahim Mahama, obra para la BIAM en el Parque de Artes y Oficios de Bello. Foto:iSAAC RIPOLL, Cortesía ICPA Estas obras no comparten una estética, pero sí una condición: operan en el nivel de la experiencia. No representan ideas; las producen. Y al hacerlo, revelan algo fundamental sobre la economía contemporánea: el valor ya no reside exclusivamente en lo que se posee, sino en lo que se vive.Durante décadas, la infraestructura cultural se pensó como un sistema de contenedores: museos, galerías, salas. Espacios diseñados para albergar objetos. Pero hoy, esa lógica resulta insuficiente. La cultura ya no puede limitarse a exhibir; debe activar. Debe generar condiciones para que el conocimiento ocurra como experiencia.En ese contexto, el espacio se convierte en un agente económico. No por su escala, sino por su capacidad de producir intensidad. Una bienal que ocupa edificios industriales abandonados, estructuras patrimoniales y espacios públicos en Medellín y Antioquia no está simplemente reutilizando arquitectura. Está redefiniendo su función. Los lugares dejan de ser soporte y se convierten en infraestructura cultural viva: lugares que no solo contienen, sino que transforman. Esto tiene implicaciones profundas para Medellín y Antioquia, donde la transformación urbana y territorial ha sido una herramienta de cambio social. Reactivar espacios olvidados no es solo una operación estética; es una forma de redistribuir el acceso a la experiencia cultural.El artista japonés Azuma Makoto vistió con bromelias la iglesia de El Retiro.  Foto:MATEO LONDOÑO, CORTESÍA ICPA EcosistemaPero hay una pregunta que atraviesa todo: ¿puede la experiencia ser considerada una forma de economía? La respuesta, cada vez más evidente, es sí. Las ciudades y regiones compiten por atraer atención, turismo e inversión. Pero más allá de los indicadores tradicionales, lo que realmente define su posicionamiento es la calidad de las experiencias que ofrecen. Un espacio que logra permanecer en la memoria tiene un valor que excede cualquier cálculo inmediato.La percepción se ha convertido en un activo. Y, sin embargo, esa condición plantea una responsabilidad. Si la experiencia genera valor, no puede ser un privilegio reservado a unos pocos. Debe expandirse. Debe llegar a los pequeños municipios de Antioquia, a las comunidades rurales, a los lugares donde la cultura ha sido históricamente entendida como algo distante.Ahí es donde la curaduría deja de ser una práctica exclusivamente estética para convertirse en una práctica política. Curar no es solo seleccionar obras. Es diseñar relaciones. Es construir condiciones para que algo ocurra entre el espacio, la materia y el cuerpo que lo habita. Es entender que una bienal no es un evento, sino un ecosistema de experiencias.Romper el cubo blanco no fue un gesto formal. Fue una decisión estructural: salir de los espacios neutros para habitar la ciudad real y el territorio. Integrar paisaje, arquitectura y vida cotidiana en una misma narrativa. Permitir que el arte contemporáneo no sea un lenguaje aislado, sino una experiencia compartida.Después de más de cuatro décadas sin una bienal, su regreso en Medellín y Antioquia no podía ser una repetición. Tenía que ser una pregunta abierta.¿Qué significa hoy hacer una bienal? ¿A quién le habla?La respuesta no está en los discursos, sino en lo que ocurre cuando alguien camina por estos espacios. Cuando la mirada se detiene, cuando el cuerpo desacelera, cuando algo —difícil de nombrar— permanece. Porque quizás ahí, en ese instante, se revela la verdadera economía de nuestro tiempo: no en lo que se acumula, sino en lo que transforma.Lucrecia Piedrahita (*)Arquitecta. Curadora de Arte Sigue toda la información de Economía en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. 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