Un río que dividía y un barrio que crecía
En las primeras décadas de Bucaramanga, una pequeña quebrada atravesaba el centro, separando sus calles y dando un aire rural a la zona que con el tiempo se convertiría en el núcleo urbano. La calle 37 albergaba las casas de las familias más acomodadas, cercanas a la plaza y al poder local, iluminadas por lámparas de arco voltaico que marcaban las noches con su luz blanca.
La vida cotidiana entre chicherías y mulas cargadas
Desde puntos hoy desaparecidos como Puerto Botijas y Puerto Santos, recuas de mulas llegaban cargadas de mercancías para abastecer los almacenes del centro. El acueducto de las tres B –Bobo, Barril y Burro– proveía agua a los hogares, mientras las chicherías como La Socorrana animaban las tardes con su bullicio. El Hotel Santander, modesto y hospitalario, era un punto de encuentro en la calle 33.
Transformaciones que cambiaron la fisonomía del centro
A medida que crecía la actividad comercial en el siglo XX, las calles se ampliaron, el sonido de mulas dio paso al tráfico vehicular y las familias pudientes se trasladaron a otros sectores. Edificaciones más altas reemplazaron numerosas casonas coloniales, consolidando al centro como eje administrativo y comercial de la ciudad.
Sin embargo, vestigios del pasado permanecen: las palmas del parque García Rovira y la casa donde se alojó Simón Bolívar son testimonios silenciosos de épocas anteriores, en medio del concreto y el asfalto que dominan hoy.
¿Cómo seguirá evolucionando el centro histórico?
El centro de Bucaramanga continúa siendo un espacio de encuentro entre comercio, trámites y memoria. Su futuro plantea el reto de conservar su alma histórica mientras se adapta a las demandas de la modernidad y la vida urbana contemporánea.