El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump y en coordinación con Israel, lanzó una ofensiva con misiles y bombas contra Irán con el objetivo de minar las capacidades del régimen iraní. En pocas horas, el ataque provocó la muerte del ayatolá Ali Jamenei, líder supremo del país, marcando un golpe significativo aunque con consecuencias estratégicas aún inciertas.
Irán ya enfrentaba debilitamientos previos: perdió capacidad aérea tras el conflicto con Israel el año anterior, vio disminuida su influencia regional tras la caída de Bashar al Asad y el desmantelamiento de aliados como Hezbolá y Hamás. Internamente, el régimen afrontaba protestas masivas desde diciembre de 2025, motivadas por la represión política, crisis económicas y colapsos en servicios básicos.
La respuesta de Teherán fue una brutal represión que incluyó el corte de internet y el uso de armas prohibidas contra manifestantes, con un estimado de al menos 30.000 víctimas fatales en enero de 2026. Este escenario de crisis interna y externa explica la decisión de Washington de atacar, aunque sin una estrategia clara para el post-Jamenei.
Según la Constitución iraní, un comité temporal de tres personas asumió el poder mientras se elige un nuevo líder supremo. Sin embargo, la continuidad del régimen es probable, incluso con un liderazgo que podría perpetuar la represión, complicando la transición en medio de la crisis.
El ataque ocurre en un contexto global crítico: el vencimiento del tratado New START entre Estados Unidos y Rusia marcó la ausencia de límites legales para arsenales nucleares. Rusia y China modernizan y expanden sus capacidades, con China acercándose a la paridad nuclear con Estados Unidos, mientras que la proliferación de armas nucleares se vuelve una amenaza creciente.
El precedente del ataque a Irán puede incentivar a regímenes autoritarios a buscar armas nucleares como escudo disuasorio, como ya ocurre con Corea del Norte. Esta lógica podría empujar a Irán a acelerar su programa nuclear, contrariamente a los objetivos de Washington, y generar un efecto dominó en países como Corea del Sur, Japón y Brasil.
“En un sistema internacional anárquico, donde no existe una autoridad supranacional que imponga orden, los Estados buscan maximizar su poder relativo para garantizar su supervivencia.”
El verdadero reto para Estados Unidos es evitar que este ataque contribuya a la erosión del frágil sistema global de control de armas nucleares. Será fundamental reconstruir consensos internacionales que regulen no solo el armamento nuclear, sino también el uso de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial en sistemas militares estratégicos.
Si no se actúa con prontitud, el mundo podría entrar en una fase de proliferación acelerada donde la búsqueda de seguridad por parte de algunos Estados aumente la inseguridad global, generando un escenario de mayor inestabilidad y riesgo nuclear.