Cada inicio de clases en Bogotá reactiva un conjunto de negocios que dependen directamente del flujo constante de estudiantes universitarios. Desde restaurantes reconocidos hasta pequeños locales, cafeterías, papelerías, fotocopiadoras y puestos de comida callejera, la actividad comercial se intensifica en barrios como La Candelaria, Teusaquillo y Chapinero.
En La Candelaria, la presencia estudiantil es visible en cada esquina donde los estudiantes consumen almuerzos económicos que oscilan entre 15.000 y 25.000 pesos, y productos rápidos como empanadas, arepas o cafés con precios entre 2.000 y 8.000 pesos. Estos pequeños gastos diarios suman grandes movimientos económicos que impulsan la subsistencia de muchos negocios pequeños.
Según el Instituto para la Economía Social (IPES), Bogotá cuenta con un registro histórico de 95.748 vendedores informales, muchos de los cuales concentran su actividad en zonas universitarias. Estos sectores no solo fortalecen el comercio formal, sino que también sostienen economías populares que dependen del calendario académico.
Un despertar temprano con aroma a empanadas y café
Desde las 6:30 de la mañana, en sectores como Teusaquillo, vendedores como Franklin preparan sus carritos de comida, ofreciendo empanadas recién fritas y café caliente para los estudiantes que llegan apresurados a sus clases. Franklin, conocido como ‘el veci’, depende de la rutina estudiantil para sostener su ingreso diario.
“Muchos pasan sin desayunar, entonces compran algo rápido antes de entrar. Gracias a los estudiantes uno puede trabajar, de aquí sale para vivir”, asegura Franklin mientras atiende a sus clientes.
Durante el día, Franklin también vende arepas de huevo para quienes buscan una opción rápida entre clases o al finalizar la jornada académica. El movimiento comercial está estrechamente ligado a la presencia estudiantil, lo que evidencia la importancia de este público para la economía local.
Laura Ortiz, estudiante de Comunicación Social en INPAHU, comenta: “Acá la comida es muy fresca, siempre salimos con mis amigos a comer una arepa o una empanada en los descansos. Nos gusta el sabor y la variedad.”
Este intercambio cotidiano, que incluye cada empanada, arepa o bebida, representa una red económica vital que sostiene a vendedores informales y pequeños negocios en las zonas universitarias de Bogotá, demostrando cómo la vida académica impulsa la economía local.