Un giro prometido y un balance desigual
Cuando Gustavo Petro llegó al poder en 2022, prometió una política exterior distinta: menos subordinada a EE. UU. y más orientada hacia el no alineamiento, el multilateralismo, la acción climática, la transición energética y un mayor protagonismo latinoamericano. Cuatro años después, el balance que deja es desigual y paradójico: Colombia ganó visibilidad internacional, pero eso no siempre se tradujo en resultados concretos ni en relaciones estratégicas más sólidas.
El activismo en cifras: más viajes, más presencia
Que el perfil internacional del país cambió es, de hecho, medible. Según cifras oficiales del Dapre, Petro hizo 67 viajes internacionales (más de 260 días por fuera del país), muy por encima de los 48 de todo el gobierno de Duque. A eso se suman 11 nuevas embajadas, incluidas las de Riad y Doha, las presidencias pro tempore de la Celac, la Comunidad Andina y la Alianza del Pacífico, el ingreso al Consejo de Seguridad de la ONU para el periodo 2026-27 y, tras siete años de ruptura, el restablecimiento de relaciones con Venezuela y la reapertura de la frontera.
La política exterior de Petro deja la impresión de haber sido más eficaz en la construcción de una narrativa que en la obtención de resultados concretos duraderos.
El impacto en la comunidad internacional y los pendientes
Sin embargo, como advierte Daniel Zovatto, dicho activismo no bastó. Mientras Colombia amplió su agenda global y consolidó liderazgos regionales, las relaciones con EE. UU. vivieron su máxima tensión, y la reanudación del vínculo con Venezuela aún no se traduce en acuerdos profundos. Los retos pendientes incluyen una estrategia más clara para la región y una mayor solidez en los lazos bilaterales clave.