Desde la Segunda Guerra Mundial, las democracias liberales europeas se han basado en un contrato social cimentado en tres pilares esenciales: la libertad individual, la prosperidad y el Estado de Derecho. Esta estructura ha impulsado la innovación, garantizado igualdad de condiciones y fortalecido la confianza ciudadana, constituyendo la base del proyecto europeo.
Sin embargo, Ana Palacio advierte que este sistema enfrenta una profunda crisis. La globalización, en lugar de beneficiar a todos de manera equitativa, ha generado la pauperización de amplios sectores, debilitando a la clase media y restringiendo el acceso a oportunidades consideradas básicas para generaciones anteriores.
Este fenómeno afecta especialmente a los jóvenes europeos, quienes ven cada vez más distante la posibilidad de movilidad social ascendente y de alcanzar metas como la adquisición de vivienda con un empleo a tiempo completo.
“Una sensación generalizada de ruptura del contrato social ha debilitado la fe en el Estado de Derecho y alimentado a los populistas”, afirma Ana Palacio.
El impacto de esta crisis no solo pone en riesgo la cohesión social sino también la legitimidad del proyecto europeo, que desde sus inicios ha buscado equilibrar libertad, prosperidad y justicia.