Instituciones como la Clínica Mayo y la Biblioteca Nacional de Medicina recomiendan una alimentación basada en el patrón mediterráneo para quienes padecen enfermedad de hígado graso no alcohólico. Sin embargo, un alimento que suele considerarse saludable puede resultar contraproducente si se consume con frecuencia: las frutas deshidratadas.
El riesgo oculto de las frutas deshidratadas
Pasas, arándanos secos, dátiles y otras frutas deshidratadas concentran naturalmente azúcares y fructosa, lo que puede acelerar el daño hepático en personas con hígado graso. Aunque son una opción práctica y aparentemente inocua, su consumo habitual debe ser moderado o evitado según las guías médicas.
La fructosa en exceso se metaboliza en el hígado y puede contribuir a la acumulación de grasa, inflamación y fibrosis hepática.
Alternativas recomendadas por los especialistas
En lugar de frutas deshidratadas, los expertos sugieren optar por frutas frescas enteras, verduras, proteínas magras y grasas saludables como las del aceite de oliva. La dieta mediterránea, rica en vegetales, legumbres y pescado, es la más avalada para proteger la salud hepática.
Para más información, los interesados pueden consultar las guías de la Clínica Mayo y la Biblioteca Nacional de Medicina, así como seguir las recomendaciones de nutricionistas especializados en enfermedades metabólicas.