Durante la década de 1960, un modelo de crianza caracterizado por la baja supervisión adulta y la resolución autónoma de conflictos sentó las bases para una estructura psicológica sólida en los niños de esa época.
Según investigaciones en psicología del desarrollo y economía conductual, este entorno permitió el desarrollo de una 'tolerancia a la angustia' y un 'locus de control interno' que protegió a esa generación contra diversas patologías mentales durante su vida adulta.
La falta de supervisión constante, lejos de ser un déficit, fomentó mecanismos de defensa emocional que hoy se encuentran en declive, señala la psicóloga Diana Baumrind.
Este modelo de crianza, aunque carente de validación emocional constante, permitió que los niños de los años 60 aprendieran a manejar la frustración y a desarrollar una mayor autonomía emocional, factores clave para su resiliencia.