A media hora del casco urbano de Barrancabermeja se encuentra El Llanito: un corregimiento pequeño a simple vista, pero abrazado por una ciénaga de 1.375 hectáreas de humedal. Allí habitan decenas de peces, garzas, patos, babillas y varios ejemplares del manatí antillano o del Caribe, un mamífero que puede medir tres metros y medio, como un cocodrilo, y pesar 500 kilogramos, como un oso pardo.
Un jardinero natural en peligro
El antillano actúa como un 'jardinero natural'. Gracias a su consumo masivo de plantas acuáticas, regula el crecimiento de la vegetación, mantiene los cuerpos de agua despejados y a través de sus heces les devuelve nutrientes vitales a las ciénagas, los caños y los ríos, funcionando como un indicador de salud del ecosistema.
A nivel mundial existen tres especies principales y dos de ellas habitan en Colombia: el manatí antillano y el manatí amazónico. El primero es el ejemplar más grande del país y suele asentarse en los ríos Sinú, Atrato y Magdalena, en humedales asociados como la ciénaga de Betancí, en Córdoba; la de Zapatosa, en Cesar; y la de El Llanito, en Barrancabermeja.
Los desafíos de su conservación
'Tienen una cría cada tres a cinco años y suelen ser animales solitarios que solo se agrupan para la crianza o el apareamiento', explica Dalila Caicedo, bióloga marina y directora de la fundación ambiental Omacha. Aunque en 2012 se calculó la presencia de 400 ejemplares en el país, Caicedo afirma que ese número es impreciso porque se han hecho mediciones de todo tipo, pero ninguna es exacta gracias a la turbidez de su ecosistema.
Son animales solitarios que solo se agrupan para la crianza o el apareamiento. Su baja tasa reproductiva los hace especialmente vulnerables.