Susie Wiles, jefa de gabinete de Donald Trump, cambió la estrategia electoral en 2024 permitiendo que Trump se mostrara sin inhibiciones, lo que resultó en que ganara el voto popular, un giro que contrasta con sus campañas anteriores de 2016 y 2020, marcadas por intentos de moderar su comportamiento.
La clave de la desvergüenza en la política contemporánea
La diferencia fundamental entre las campañas electorales radica en la vergüenza y, más específicamente, en la desvergüenza. En la política actual, quienes no muestran vergüenza frente a las acusaciones y críticas, como Trump, logran atraer a un electorado desencantado con la política tradicional.
Históricamente, la vergüenza ha sido un regulador social ligado a la mirada de otros, mientras que la culpa es una emoción más individual. En sociedades antiguas, como las griegas, la vergüenza funcionaba en espacios sociales horizontales como el ágora, mientras que en la modernidad predominó la culpa como motor moral.
El renacer de la vergüenza en la era digital y sus consecuencias
Con la llegada del siglo XXI, fenómenos como la corrección política, la cancelación y el señalamiento público han rescatado la vergüenza como mecanismo de control social, potenciado por las redes sociales que funcionan como ágoras digitales horizontales.
Sin embargo, en sociedades plurales y polarizadas, avergonzar a alguien con opiniones diferentes suele provocar rechazo y resentimiento, fortaleciendo a figuras inmunes a la vergüenza como Trump, quien capitaliza ese desencanto social.
Una invitación a la izquierda para repensar su actitud
El autor critica la soberbia moral de la izquierda que intenta avergonzar a quienes discrepan, sugiriendo que la izquierda no debe cambiar sus ideas, sino la forma en que las defiende. Aboga por abandonar la arrogancia y fomentar el respeto hacia la diversidad de opiniones en una sociedad plural.
“En una sociedad plural, solo la soberbia que da estar harto de razón puede convencerlo a uno de que aquel que discrepe merece ser desnudado por ser irracional.”
Convencer a alguien implica interpelar y respetar el conflicto genuino de ideas, una tarea más exigente que avergonzar, pero que puede evitar la polarización y el ascenso de líderes que se sostienen en la desvergüenza y el resentimiento colectivo.
Pau Luque, investigador de Filosofía del Derecho, concluye que el desafío actual es entender que la desvergüenza política, lejos de ser un error, es una estrategia que refleja y alimenta las tensiones de una sociedad plural y fragmentada.