Un capricho narco que cambió el ecosistema colombiano
En 1981, el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria decidió crear un zoológico privado en su finca Nápoles, ubicada en Puerto Triunfo, Antioquia. Entre las excentricidades que importó para complacer a sus hijos se encontraban hipopótamos africanos, una especie ajena al ecosistema nacional que, con el tiempo, desencadenó una grave alteración ambiental.
Para traerlos, Escobar coordinó una logística que incluyó el alquiler de barcos y aeronaves, desembarcando inicialmente cuatro ejemplares —un macho y tres hembras— en las costas de Necoclí. Su intención era recrear un paisaje exótico con especies como cebras, tigres y jirafas, aunque estas últimas no lograron adaptarse.
La expansión silenciosa que preocupa a las autoridades
Tras la caída de Escobar, los hipopótamos quedaron libres y comenzaron a reproducirse sin control. Actualmente, se estima que hay alrededor de 165 ejemplares dispersos en el Magdalena Medio, y el Instituto Humboldt advierte que en una década podrían superar los 400.
Esta proliferación genera impactos negativos, como la contaminación de cuerpos de agua debido a sus heces y la alteración de hábitats nativos. Además, su presencia se ha detectado ya en zonas rurales de Barrancabermeja y Santander, lo que incrementa las preocupaciones sobre la expansión de esta especie invasora.
Los costos y retos para controlar la población
Mantener a estos animales es costoso: se calcula que sostener a los 165 ejemplares actuales requiere cerca de 500 mil dólares mensuales. Las jornadas de esterilización, una medida para frenar su reproducción, han implicado gastos considerables, con la primera intervención valuada en 50 mil dólares.
Debido a su comportamiento nocturno y su alimentación voraz, los hipopótamos continúan expandiéndose por las riberas del Magdalena, lo que representa un desafío para las comunidades locales y las autoridades ambientales.
¿Cómo afectará la presencia de hipopótamos el futuro regional?
El destino de esta población de hipopótamos sigue siendo incierto. Las autoridades y expertos evalúan las mejores estrategias para mitigar el impacto ambiental y social que generan. El avance hacia Santander plantea interrogantes sobre cómo manejarán las regiones afectadas esta especie invasora que ya forma parte del paisaje colombiano.